#33: Trascendiendo la Niebla Eónica

Fernando, psicólogo fracasado, surfeaba el internet en los últimos momentos de su estadía en el consultorio: ya no tenía para pagar la renta, y en tres días había de desalojar, tuviese lo que tuviese ahí dentro. Miraba infinitas fotografías en la pantalla de su laptop miniatura, hasta que se apagó. Irritado, buscó el cable de corriente para conectarla a la luz, pero ya estaba enchufada: eran las 8pm, y el complejo de oficinas había eliminado la electricidad desde hacía horas, hasta el día siguiente a las 6am. Empezó a guardar sus cosas, pero pensó que tal vez sería bueno ir limpiando de una vez los muebles y lo que fuera que guardara por ahí antes de quedar desahuciado, con sus objetos de valor quebrados sobre la banqueta y los charquitos que se formaban del aceite automotriz en la calle.

Abrió el armario, sacó los dos cambios de ropa que guardaba en caso de emergencias, y los ganchos no bajaban. Estaba colgado muy alto, y se había atorado en la barra de metal, así que jaló y jaló cada vez con más fuerza, y el gancho se convertía en un hilo de metal por la presión, y enfadado, Fer se rindió, colgándose del curváceo metal, buscando dejar un daño imperceptible al dueño del complejo para desquitar su coraje e impotencia guajira. Tronó, y se precipitó al suelo rápidamente, con el tubo y algo de escombro tras él. Y después, un ruido sordo y pesado sobre su estómago, doloroso.

Con violentos manotazos arrojó los pedazos de cielo falso a diestra y siniestra, el tubo fue a dar al fondo del armario y lo que cayó sobre su estómago hizo que pausara por un momento: Un cofre de plata chapada, con hongos grandes, húmedos, creciéndole encima. Miedoso de que una rata lo mordiera, tomó el pequeño baúl de las agarraderas y con fuerza sobrehumana lo cargó, siendo depositado lentamente en la mesa al centro del pequeño consultorio. Al entrar en contacto con la madera, los hongos brillaron, y después se encogieron como si algo les chupara toda el agua. Fernando acercó su mano a la tapa y la tocó, miró sobre su hombro, y al confirmar que se encontraba completamente solo, siguió levantando. Dentro había un libro, viejo, de cubierta verde muy parecida a los jirones que quedan al agujerarse la mezclilla, y un objeto redondo con dos prolongaciones, una superior y otra inferior. Luego un resplandor verde destelló por los grabados antiguos que ambos objetos tenían, así que decidió cerrar el contenedor y ponerlo detrás del sillón. Tomó su mochila, cerró su oficina, y se fue a su casa.

Esa noche, a las 4:22 am, un sueño vino a su cabeza: una espiral verde, la herramienta circular siendo apretada, luego liberada. Lo verde era consumido por el objeto, y sólo quedaba negrura y un número escrito en humo: 77.

En su oficina, Fer sabía lo que había sido, aunque no entendía bien las razones o consecuencias. El era consciente del uso, de las posibilidades en esas reliquias. De nuevo puso el pequeño baúl sobre la mesa, lo abrió. “Dos días” se dijo a sí mismo. “Si no funciona, mando todo a la basura”. Dio unos golpecitos nerviosos y repetitivos con la pluma sobre la caoba barata, y después de un respiro bien profundo, sacó el libro y la antiquísima propipeta. Entrometiéndose en las páginas de un obscuro dueño, no pudo discernir los símbolos ni acomodarlos dentro de ningún idioma que conociera, pero al llegar a la página 77, súbito todo estaba escrito en español.

El uso deliberado del Erbanatador le obtiene las decadencias psicológicas en orbe. El uso excesivo, puede ocasionar la decadencia psicológica. Espacio es importante, y tiempo de digestión también. No reviente. No beba. No mire.

Fernando sintió un siniestro suspiro, como si alguien aventara su aliento helado y lo atravesara desfigurándolo cual sombra etérea. Llamó a la última paciente que le quedaba, tan perturbada que no podía diferenciar si atender a las sesiones con su psicólogo le ayudaban o empeoraban su condición, y Fernando era muy avaro como para referirla con un psiquiatra. Llegó pronto la mujer, cincuenta años, maquillaje de payaso, ojos asustados del universo y un gato inseparable en la bolsa. Siguiendo las indicaciones, la mujer cerró sus ojos fuertemente, y se recostó boca abajo -de esta manera, era más sencillo que no mirara y no bebiera. Lo de no reventar quedaría a cargo de las temerosas manos del psicólogo.

Se enfocó. Puso una de las boquillas del objeto en la sien de la mujer. Inspeccionó una última vez el esférico verde, y sin nada que perder, lo apretó como a una pelota de estrés. Luego, poco a poco fue liberando la presión, y la reliquia hizo una incisión en la sien de la mujer. Sangre comenzó a borbotar, y gritos: estaba sacándole el cerebro por el hoyo hecho. No, no era su cerebro. Lo parecía, pero esa masa que salía era azul obscuro, con venas naranjas, brillantes, casi de neón. De hecho, aunque la sangre salía, el hoyo no se hacía más grande o más pequeño, sino que la materia gris salía apretada por la ranura, y fuera tomaba su forma y tamaño normal, antes de ser devorados por la pelota esmeralda. Un dolor intenso. Sus ojos nublándose. No mire. Giró su cabeza tan pronto como pudo, y respiró profundo para restablecer su calma. La vista le regresó, el dolor se fue, y ya había soltado por completo la presión de la esfera.

El objeto aumentó tres veces de tamaño y aullaba extrañamente, como una máquina de vapor silbando bajo el agua. Decidió retirarlo de la vista de su paciente, y guardarlo en la caja. La mujer tocó su sien, aún sangrante, con un hoyo del tamaño de una corcholata. Lágrimas en sus ojos, y confusión. Fernando no entendía si había hecho bien o no, pero recordó el día anterior, cuando la caja le había caído encima. Tomó uno de los grotescos hongos, y lo puso en la herida. El suelo se partió y un hoyo acuático succionó todo lo que lo rodeaba, pero él y la mujer seguían de pie sobre el vacío sin sufrir un rasguño. Un olor pútrido. Una puerta de mármol se abre. Y todo está de vuelta a la normalidad.

La mujer miró impactada al licenciado, y gritó con alegría, dándole abrazos y besos en las mejillas. “Señor Fernando, ya me siento muchísimo mejor. Mi vida tiene un propósito, una dirección… Estoy sellada en su apéndice eterno, un paso más cerca de trascender la niebla eónica, mi familia se va a poner muy feliz, mis hijos… ¡tengo que recomendarlo con todos!”.

Fue a avisar a toda la comunidad de los asombrosos tratos del psicólogo Fernando, pero él, quedó horrorizado. Abrió lentamente la caja, y vio tras la membrana elástica de la bola, truenos y una tempestad miniatura, y en contraste con la luz de los relámpagos, una figura de tentáculos, que susurraba en su mente como lo había hecho en sus sueños, un paso más cerca de trascender la niebla eónica.

Palabras para la próxima semana: Embudo, Megaloblasto, Suicida

2014-07-03 00.52.21

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