Beso 18: El Cruzado

Sostuvo el dorso de su mano frente a sus ojos. Había algo en las armaduras que la hacía sentir como de feminidad escondida, a pesar del reflejo suave y tranquilo de las llamas sobre el hierro. “Señorita Brynhildur. Es hora” trastabilló el obeso carcelero, que miraba al suelo con vergüenza. Bryn caviló unos instantes, sobre la clase de justicia en la que se escudaban estas personas. Respiró profundamente y se apoyó en su espadón -al entregarse pacíficamente, la dejaron conservar sus armas.

Caminado por los pasillos de roca mohosa y ventiscas heladas y húmedas, sintió pena por todos los que se encontraban a sus lados. Sí, había escoria que merecía el castigo, pero no este castigo: familias enteras encarceladas, porque no tenían cómo pagar el tributo, y todos ellos miraban con ojos de esperanza a la mujer de la armadura escarlata y el cabello corto color piña de pino. Se detuvo frente a una jaula, y se hincó con un chico de cara sucia, unos seis años.

“Tu madre. ¿Dónde está criatura?”

El niño sacudió la cabeza como sólo los pequeños de seis años sin padres pueden hacerlo.

Bryn se apretó las sienes con su mano de guantelete rojo obscuro. El carcelero no se atrevía a apresurarla para su ejecución, pues admiraba a la mujer como casi todo el pueblo. Sólo pudo musitar un débil “Señorita…”. Ella se sacó del cuello bajo la armadura una cruz negra, hecha de clavos para hebilla de caballo.

“Toma -dijo colocándolo en su delgado cuello- este hombre me ha acompañado toda mi vida, y lo hará en la tuya”. Acto seguido, besó el signo con fervor, y sintió en su vientre arder la valentía una vez más. Al levantarse, el pequeño pudo divisar la cruz blanca trazada en su peto. Abrazó la crucecilla con toda la fuerza que sus manitas le daban. Se puso de pié “vamos”, y erguida caminó hacia la enorme puerta de madera que revelaba escalones hacia la superficie.

La mañana nórdica le desperezaba a los soldados en la plaza vacía del castillo, pero el rey se mantenía impávido, de cara dura y cubierto de piedras preciosas como un busto de piedra adornado. Brynhildur se persignó mientras subía a la plataforma de madera en donde estaba el verdugo. La cara del carcelero era de angustia, e intentaba apretar con candor el brazo de la cruzada, pero el metal carmesí no le permitía sentir nada con su grosor. Desde su pequeño balcón, justo encima de la frente de Bryn, el rey observaba: le era imperativo terminar con todos los signos de esperanza que el pueblo pudiera tener: sus capillas, sus héroes y sus oraciones. Todo.

“Brynhildur, cruzada del sur, eres condenada a muerte por encabezar la sedición de tu pueblo contra el rey. Últimas palabras”.

Bryn respiró como un dragón antes de escupir su fuego.

“¡Mi Dios no me desconoce!” y alzando su espadón rojo, golpeó con la acanaladura al verdugo, tirándolo al momento. “¡Aceite sobre ella! ¡Aceite!” Dijo el rey mientras se levantaba para huir, pero la dama roja lanzó su espadón contra las vigas del balcón, que quebraron su madera casi de inmediato, tirando al rey y sus dos sirvientes al ruedo debajo. Ella corrió a recoger su espadón, atravesó a los dos sirvientes rápido, y tomó al rey por el cuello, dándole un golpe tras otro en el rostro. Varias flechas comenzaron a caerle encima, y adornar su armadura de sangre, pero ella seguía de pié. Entonces, cuando el hombre estaba atontado, lo tiró al suelo, y puso su pié sobre la cabeza:

“¡Haré que haya enemistad entre ti y la mujer -una caldera con aceite caliente le cayó encima, más no se inmutó- entre tu descendencia y la suya!”

“¡Tiren el fuego, ahora!” gritó como pudo, entre gárgaras de sangre y dolor. Una flecha de fuego alcanzó a la mujer en el pecho, y se encorvó de dolor, mientras toda ella prendía en llamas y el rey también. Después de un momento y un largo grito, continuó con su pelo completamente chamuscado, y la piel negra:

“¡Ella te pisará la cabeza!, ¡Mientras tú herirás su talón!” y con un pisotón fuerte, aplastó su cráneo. Luego se puso de rodillas, abrió sus brazos y suspiró. El sol salió bañando toda su figura, y el fuego no se apagó hasta después de tres días. La armadura no pudo ser movida, pues las entrañas la habían sellado por dentro. La cruz blanca no se borró de su peto a pesar del paso del tiempo, y Bryn fue un claro ejemplo para los que le siguieron en intentar un reino de paz y justicia.

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