#31: La Cofradía del Cofre

La Cofradía del Cofre es la organización acuática más grande que alguna vez surcó los siete mares. Bueno, ocho, porque ellos descubrieron el octavo: el Mar Avilloso. Y se dio su descubrimiento por Maderín Troncoso. Verán, que Maderín siempre flotaba en el agua, y cuando fue a ser polizonte de una nave piratesca, no le pareció al capitán nada nadita, y amarrado al ancla, lo dejaron caer a lo profundo del abismo, a kilómetros de tierra, en medio del mar cruel. Fue así que llegó a una franja negruzca, de lo más obscura que usted se pueda imaginar. Cayó por un conjunto de túneles profundos y desembocó en una gigantesca cueva subterránea llena de agua, en donde el piso que se acercaba más y más, brillaba con intensidad magmática. Cerró los ojos sabiendo que sin aire, quemado y bajo el agua, moriría de manera única pero imposible de presumir, y súbito… TUNK.

La gravedad lo jaló más fuerte y rápido, y de un sentón tosió toda el agua que había tragado. Al abrir los ojos, se encontró en una sala gigantesca. Dígase un hangar, aunque por aquellos tiempos no se sabía lo que era un hangar, y la parte central, elevada, en donde él yacía, tenía escaleras que serpenteaban hacia abajo abriendo paso a cientos de puertas, entradas y dinteles fabricados de partes marítimas antiguas: un mástil de cerradura, corales de manijas y la fuente de luz, asombrosamente, eran antorchas en las paredes. Poco a poco levantó su mirada, y el agua encima de él lo asusto: como estar viendo un río que corre, pero boca arriba. “Saludos buen hombre, ¡ahora pertenece usted al mar! Acompáñeme para sabrosearle unos mejillones y exprimirle bajococos para que se refresque”. “Pe-pero, el agua… ¿bajococos?”, “Uy, sí colega, se chupará usted los dedos y el garfio. No tiene garfio. Pues los dedos completos entonces” y salieron caminando por una puerta amarilla cubierta de algas.

Pero alto. ¿Qué no dije que Maderín lo había descubierto? Claro, claro que lo dije. Pero ¿había más gente viviendo ahí abajo? Sí hombre, miles. Eso es lo de menos, porque el Capitán Troncoso -como fue conocido unos siglos más tarde- fue el primero en regresar, aunque no el primero en llegar. Pero ¿si un árbol se cae y nadie está alrededor para escucharlo, hace ruido? Hombre, no sé. Pregúntale al árbol. Al menos los habitantes de Avilla no hacían más que un ligero splash cuando llegaban por el puerto invertido. Pero retomando, después de unas merecidas vacaciones, fue que Maderín accidentalmente abrió su bocota revelando sus flotantes poderes.

Oh, claro, al principio fue sólo llevar una misiva de ayuda en una botella de cristal, para buscar rescate. “¿Pero cómo voy a regresar?”, le amarraron una cuerda a la pierna -no les faltaba material- y después de un tiempo, jalaban para traerlo de vuelta. Eso se tornó molesto después de unos años, cuando Maderín tenía una flor imperial en su mano y estaba a punto de ganar la última ronda de cartas en aquél bar del puerto. O en su primera cita, con Rosita, la muchacha más bonita de la costa: fue arrebatado mientras servía vino en su copa. Luego lo sirvió sobre su vestido, y luego ya no lo sirvió del todo con ella. O cuando había llegado en su sueño, a poner un cuchillo en la garganta del capitán que lo fuera a arrojar al fondo del mar aquél día unos años atrás. Tristemente no se dio cuenta del peligro que corrió y a la mañana siguiente se sonrojó como niña al ver un cuchillo plateado con su nombre grabado en su cama. Pensó “qué regalo tan considerado y dulce”, pero no le dijo a su tripulación, porque claramente perdería el cuchillo, el respeto y la esperanza secreta de volver a toparse con su admirador.

Todas estas cosas las lograba, sin embargo, en medio de sus misiones. La gente le daba mensajes para sus familias y amigos más cercanos, letras largas donde decían que estaban bien, que no se preocuparan, que la vida debajo era tranquila, que la comida era buena, que tenían que venir a visitar algún día (aunque el regreso fuera complicado), que dónde estaba el libro que le había prestado, que si Rosita ya se casó con el idiota aquél del vino, que a cuánto está la oferta de las cebollas en el puerto, que estaba aburrido y querían algún dibujo de familiares cayéndose o gatos siendo ridículos (argumentablemente, este puede ser el principio de los videos de accidentes chistosos), o a veces, era simplemente un toque. Nadie sabía el propósito del toque, pero la gente lo hacía de todos modos.

Como era de esperarse, Maderín reventó (mentalmente, no físicamente, aunque dos veces estuvo a punto). Les dijo “si ninguno de ustedes se compromete a salir, yo dejaré de salir también. Estoy cansado de sus mandados”. Así que después de refunfuñar, y regresar todos a sus casas de caracol gigante haciendo berrinche, el día siguiente cuando estaban todos más tranquilos, idearon la manera perfecta de salir: Un cofre. ¡Era la obra perfecta! Sólo tenían que fabricarlos con el depósito infinito de madera que tenían, meterse dentro de ellos, y ser arrojados al Mar Avilloso, que corría justo encima de la entrada. Cabe mencionar que durante esta época, los habitantes de Avilla lograron manejar a su antojo las corrientes marítimas de su mar, logrando navegar submarinamente hasta las costas más lejanas del planeta. Conocieron gente, se hicieron pedantes y presumidos, y ya nadie los invitaba a las fiestas. ¿Y cuál fue la solución que hallaron a esto? pues, comprar la amistad, por supuesto.

En Villa Avilla había no solo un suministro de madera infinito, sino de piedras preciosas y oro también: perlas, diamantes, rubíes, doblones, dientes de plata, pero no un cuchillo grabado que por alguna razón hacía falta. Comenzaron a cargar sus cofres de estos tesoros, y cuando llegaban y las personas los abrían, daban los regalos con pomposidad y arrogancia, lo cual era molesto para todos los presentes, pero como recibieron regalos tan costosos tenían que quedarse ahí por educación para terminar de escuchar el pedante discurso de los habitantes de Avilla (también apodados “Maravillosos” o “Ni tanto”). Aparte olían a bajococo.

Claro, tenían la soberbia hasta el pico del sombrero alcahuetero. Así que las gentes del mundo divisaron un plan: sacrificarían por un tiempo sus tesoros con tal de callar la boca a los habitantes. Cada vez que alguien se encontraba con uno de los cofres, antes de que se abrieran les colocaban candados poderosos y durísimos de romper. Luego enterraban el cofre en algún lugar donde no tuvieran que hablar las incesantes conversaciones sobre cómo el musgo bajo el Mar Avilloso era más puro que el musgo de la superficie, ni cómo allá abajo nadie trabajaba. Esperaban meses, y a veces años a que terminaran de hablar, y cuando el silencio se hacía, desenterraban los cofres para sacar las joyas, y lo volvían a enterrar con el cadáver nada más por si las moscas.

Maderín Troncoso decidió quedarse bajo el agua. Ya había tenido mucho de aquél mundo, y sin poder forjarse una venganza digna el capitán de la Cofradía del Cofre, tomó su retiro bajo el Mar Avilla, en Villa Avilla, bebiendo bajococo hasta morir de cirrosis. Que fue dos semanas después. Vaya que estaba fuerte esa cosa.

En fin, esa es la historia de la Cofradía del Cofre, su alzamiento, baile presumido, y declive. La próxima semana hablaremos sobre Genghis Khan y su menos conocido archienemigo, Genghis Micifus. Mucho más limpio que Khan, me atrevo a decir.

Palabras para la próxima semana: Módulo, Indumentaria, Toxoplasma

2014-07-03 00.47.49

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