Beso 16: El Milenario

Las dunas se extendían como cinturas infinitas de damas amarillas. César se alcanzó la cantimplora y le exprimió la última gota de agua, siguiendo de cerca al camello del guía. Aparcaron en un oasis desde donde resaltaba la punta de la pirámide, con la diminuta entrada que se le había hecho días atrás. “No hay muchas gentes que vengan a vers pirámides pocos seguras, sahib, tienes suertes de que te respetos” le dijo Afîl amarrándose el kafiyyeh frente a la boca para evitar las ventiscas de arena, mientras César tosía con un suriyah que le ayudaba a tapar su rostro en veces.

Llegaron caminando a la pequeña entrada porque los camellos ya no avanzaban más, y nadie convencía a los animales de seguir unos cuantos metros por alguna extraña razón. “Hasta aquí llegos, sahib” dijo el hombre tostado, parándose en el dintel de la puerta. “Bendiciones” y retomó el camino de regreso. César sabía que no podía desperdiciar la oportunidad de inmiscuirse en una ruina recién encontrada, y probablemente nadie le daría la oportunidad de nuevo. Con su poca ortodoxia era probable que destruyera unas cuantas muestras invaluables de historia, pero por las reliquias preciosas, lo valía.

Al bajar por la pequeña punta, pudo darse una idea de la magnitud que tenía la pirámide. De hecho, su entrada era un conducto de ventilación que permitía la comodidad de quien quiera que tuviera los aposentos. Prendió una de las antorchas que llevaba con él, y la arrojó al vacío negro a donde ya no llegaba la luz de afuera. Cayó en el centro de una tumba y quemó unas cuantas vendas. “Auch” dijo mientras sobaba su barba de dos días y entrecerraba los ojos.

Localizó unas escaleras, y pegado a la orilla delgada, avanzó paso a paso hasta llegar a ellas, y bajar. El aire estaba muy viciado y sólo la túnica blanca para ayudarle a tapar el olor. Prendió otra antorcha mientras bajaba y resbaló tumbando ciertas velas y estatuillas que se encontraban en los bordes de las escaleras, un azote en el piso y obscuridad. Muy apenas veía donde la otra antorcha quemaba, cuando un brillo lo tentó, poniéndolo de pié de inmediato. Tropezó con quién sabe cuántas cosas para llegar hasta la tumba abierta que yacía al lado de la fogata cadavérica: un anillo dorado gigantesco, con un sello de Ptah. Véngache papá.

Al tomar la mano de madera tallada sobre la tapa de la tumbra, algo retumbó; su estómago, la pirámide, todo. Con un golpe sordo, la cobertura del féretro salió despedida, revelando un cadáver que con brillo celeste levitaba sobre él, indicándolo con su huesudo índice.

Abrió la boca y dijo unas palabras que no entendió, pero parecía más un eco que trepaba por su piel y se le metía por los ojos, más que un grito. Se quitó el anillo con un movimiento que mandó volando el hueso en que lo tenía puesto, y lo arrojó a la frente de César, y todo se puso blanco.

Un jardín de plantas extrañas y tropicales. La tierra se sentía suave y húmeda, con un río al lado, y frente a él, las escaleras a un templo. Parecía estar en un pequeño cuarto de baño al aire libre. Y una mujer le llamó.

“César, del Oeste”.

“Hey. ¿Cadáver?”

“Aún no. Hice un deseo, y el deseo se me cumplió. César del Oeste, Ptah sanará mi corazón como sana los cuerpos, con tu amor”.

El explorador buscó con atención, y encontró el anillo en la mano de la mujer.

“¿Y esa sortija? ¿Me la das?”

Indignada, subió las escaleras arrastrando su larga túnica “¿Me la das? No soy un pastor alimentando ovejas, y mis riquezas no son tuyas hasta que seas mi soberano”. Siguió avanzando indignada, y César siguió detrás, obviando que había hecho un viaje en el tiempo, pero sin importarle mucho.

Durante días y semanas, la dama consideró a César como un regalo de los dioses, temiendo el matarlo y no haber sabido oír las palabras de Ptah. Le daba el trato de un perro, pero un perro de raza fina. Esperaba poco a poco ir enamorándolo para que al fin sus deseos se consumaran en extraño del Oeste. César nada más quería el anillo.

Pasaron los meses, y los años, y se convirtieron en pareja. César olvidó de dónde venía, y ella también. En su lecho de muerte, adornado por estatuillas alrededor, César lloró por su ida. Y al esta cerrar los ojos y dar el último suspiro, él acercó su boca a ella, y por fin, le plantó un beso al hermoso anillo de oro que toda la vida había buscado obtener. Al fin se murió la bruja, y él consiguió lo que siempre quiso.

Después de dar unos pasos, su ex esposa se levantó en un destello celeste, disparando relámpagos a todos lados y haciendo a César flotar sobre su tumba. Para ahogarlo con el anillo hasta que su garganta sangrara, y entonces lo dejó caer desde varios metros de altura sobre el espacio que había al lado de su tumba. Luego la mujer se desplomó, y los dos viejos yacieron muertos durante varios cientos de años.

Afîl esperó hasta el día siguiente, pero su amigo nunca salió. Aunque cuando los arqueólogos llegaron al área el siguiente día, descubrieron una piedra roja sin valor que sacaron de la garganta de uno de los dos cadáveres dentro de la pirámide -el que había sido quemado sólo un día antes por algún vándalo. Recuperaron varios objetos históricos, y la historia de la emperatriz que no se encontraba en los registros más actuales de los faraones.

El hombre de las arena vio la joya a contraluz, y descubrió el anillo dentro. La lavó en el oasis y descubrió la dura capa de sangre que se iba diluyendo con el agua. Al tener el anillo dorado en sus manos, una sombra apareció detrás de él.

“Eso es mío, sahib. Me costó una vida, y una muerte”.

La mano hecha de arena se extendió desde atrás de Afîl, que no tuvo que voltear para reconocer la voz. Tomó el anillo, y retrocedió. Cuando al fin tuvo el valor de mirar, no encontró nada: incontables dunas se extendían como cinturas infinitas de damas amarillas.

Y en algunas tardes, podías ver como un brazo de arena obscura sobre ellas, con un anillo tan brillante como el sol.

 

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