Beso 15: El Café

El sol siempre cala, no importa si andas en la sombra, te cala. Como que lo caliente te busca, y te encuentra donde sea. Por eso a mi Romina yo le decía que era mi solecito: podía estar hasta el cafeto más alejado, y en la salida laboral ya la traía en la espalda con un amarre de envueltos de huevo. Su piel morena me gustaba mucho mucho, y cuando la cargaba hacía como que me la tomaba “glú glú glú”. Así le hacía.

Muchos años de felicidad me dio mi Romina, pero cuando tuvimos al primer chamaco, ella se enfermó muy grave. Murió a los dos días, y el doctor ya llegó nomás para firmar papeles y hacer la procesión. Imagínense, hacer el entierro con un niño en brazos, y aparte perdiendo media jornada. El campo no espera a nadie.

Y  que me empiezo a llevar al Cafeto a la plantación. Así le pusimos, porque a los dos nos gustaba mucho el olor del tostado, y el sabor negro y humeante. Me recordaba al humor que soltaba mi Romina, como a piel tronadita, tostadita, reseca. Y por más sábanas y sombreros que me llevaba, el sol siempre le encontraba la piel a mi Cafeto, como si fuera la Romina que se quedó con ganas de acariciarlo. Y pos se me tostó el chamaco, tanto que los del plantío le empezaron a decir Cafeto sin saber que así se llamaba.

Yo le decía que su mamá era el sol, pues para que no se sintiera sólo. Uno aguanta, ya sabe, ya vivió, pero el corazón de las criaturitas es como fósforo de planta, y si no lo puede proteger uno del calor y la luz cruel del sol, pues mínimo darle esperanzas de vivir en un mundo asolado. A cambio, él me veía plantar, me preguntaba que cuándo iba a poder poner su propia planta, que si era muy difícil, que por qué trabajaba tanto. “Pos para la traga mijo”, y me sonreía el méndigo, como si él no tuviera necesidad de comer.

A veces, cuando yo estaba en plantar las últimas mariposas allá donde se acaba la siembra, el chamaco se quitaba la camisa y abría los brazos para bañarse en la luz de la tarde como un abrazo de buenas noches. Me decía que tenía que cerrar los ojos cuando veía a su mamá como tiene que cerrar uno los ojos cuando abraza, y por eso no se sentía mal de no verla nunca. Que cómo se iba a sentir mal si todo el día lo andaba abrazando, y en la noche tenía que dormir.

Me lo encontré moribundo un día, que se me perdió en la mañana. Falté a la plantación, pero por más que lo buscaba no daba y no daba con el chamaco. Ya para las seis de la tarde vi un adobe roto de la casa, y de rápido me subí con el guaje: mi Cafeto estaba hincado sin camisa, con la piel bien negra, y los brazos bien abiertos. Cuando le acerqué el agua, no quiso tomar, pero me dio su puño cerrado. Tenía adentro granos de bayas tostadas de café, y entonces vi que en una esquina del techo había formado su montoncito de tierra y había plantado sólo un cafeto, que con los años dio fruto.

Lloré bastantes dias, dejé de ir al plantío, y una mañana en que el sol estaba más quedo que de costumbre, me acordé de los granos tostados. Los molí y me preparé un café que me supo como hacía mucho no me sabía. La verdad, así, la verdad… sabía como los besos de mi Romina. Y pues me acabé la taza sintiéndome lleno de no sé qué cosa, y me dio por dejar el rancho, y buscarle otra manera de vivir en algún otro lado.

Ahora que me va bien acá en la ciudad, escribo de repente, me paseo por las plazas en los fines de semana, y si me siento medio tristón, me tomo un café en cualquier restaurante que haya cerca: el tueste del grano me recuerda al amor ardiente que me tuvo mi Romina y el amor tan sabroso que me tuvo mi Cafeto. Y no le pongo azúcar, porque a veces la vida hay que tomársela amarga para saborearla bien.

 

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