#29: Corazón de Atari (Parte II)

Nazario cursaba ya la preparatoria, y era muy consciente del hoyo en su pecho. Cuando las chicas se le acercaban, saltaban chispas de su ranura, así que sus padres decidieron confeccionarle un tapón de goma a la medida después de ver 3 camisas quemadas en el área del corazón y una completamente chamuscada. No volvieron a tocar el tema de las chispas.

“¿Cuándo le vamos a decir, Daniel?”

“Pues, no tenemos qué decirle…”

La mamá dejó de recargarse sobre la barra de la cocina para ir a conectar la tostadora. Sacó dos rebanadas de pan y mermelada de piña.

“Está empezando a preguntarme sobre su condición cardíaca, ¿sabes? No tengo nada para respaldar. Absolutamente nada”.

Dan tocó con sus nudillos la tabla de madera encima de la barra, mientras buscaba algo que responder. Después de unos segundos sonrió bajando la cabeza.

“Yo le digo hombre. Cuando llegue hoy, hablo con él”.

“Hablamos”.

“Está bien, hablamos”.

Y los dos se preguntaron muy adentro de  su cabeza cómo iban a explicarle.

Mientras tanto en su escuela, Nazario era invitado a casa de uno de los chicos problema después de la salida. No le preocupaba porque iba Pedro, su mejor amigo. Así si se sentían incómodos, siempre podían irse al momento que quisieran. No le sorprendió mucho que la casa de Ramiro fuera grande, ostentosa, vacía y descuidada. Sus papás no estaban a la vista, pero Ramiro se desenvolvía como si nunca hubiesen existido en su casa, y Nazario no sabía bien qué pensar de eso. Se acomodaron en un sillón sucio, y el inquilino prendió su consola de videojuegos, para la cual sólo había un control. Pero el disgusto no le duro mucho a Nazo y su amigo, porque pronto se transformó en terror puro a la llegada de los tres chicos más molestos de la escuela, famosos por sus pesadas bromas y humillaciones públicas.

Saludaron resueltos a Ramiro, y cuando pasaron frente a los anteriores invitados, esperaron cruzados de brazos para que se cambiaran de lugar. Así, Nazario y Pedro se movieron, no sin antes recibir un empujón burlón por la espalda, y risas cómplices por detrás de ellos. Pedro salvó la caída, pero Nazo se manchó la camisa con una botella plástica de mostaza que había cerca.

“¿Tu baño, Ramiro?” preguntó con fastidio, mientras miraba a Pedro quejosamente.

“Por allá. Búscalo”. E indicó un pasillo que tenía varias torres de documentos viejos, cartuchos de videojuegos y juguetes de generaciones pasadas. De puntillas, logró alcanzar la puerta del fondo y entró rápido al baño.

El interior no mejoraba mucho: Toallas sucias, el cesto de basura hasta el tope, y el espejo sobre el lavabo quebrado y oxidado. Decidió que sólo iba a limpiarse, y saldría de la casa con Pedro: no quería sufrir percances con los abusivos, ni tomar el camión con mostaza fresca sobre su pecho, así que se quitó la camisa a rayas verdes, y zafó el tapón de plástico para lavar la superficie, que tenía un poco de mostaza encima también. Y vio al lado, de reojo, un cartucho de Atari 2600. Joust.

Un vago déjà vu en su cabeza. Tomó el cartucho en sus manos, y se sentía tan familiar. Lo acercó a su pecho. Algo así, cuando era pequeño. ¿Tendría unos cuatro años? Podía deslizarlo en la ranura, cabía perfectamente…

Un grito fuerte, de Pedro.

Abrió la puerta del baño lo más rápido que pudo, y tumbó una torre de revistas noveleras. Poco le importó, pues descubrió a los tres gigantes a punto de soltar mostaza en los ojos de Pedro.

“¿Qué tienen, idiotas?” les gritó desde el baño, indicando con su dedo, pero de la nada salió una lombriz con ojos gigantescos de entre sus piernas. Algo chocó con su trasero, y la lombriz tenía pico. Tarde se dio cuenta de que era una avestruz, y esta se dirigía cargando hacia los abusivos. Una lanza de metal le apareció en el brazo que tenía extendido, y rompiendo las puertas de madera del pasillo logró enterrar sin intención su lanza en el televisor de Ramiro (aunque para ser justos, esas puertas ya se estaban cayendo desde antes y el televisor era de los noventas).

Tomó a Pedro de la mano, lo subió a la avestruz, y salieron corriendo de la casa. Todos estaban desconcertados y confundidos, la única que parecía tener determinación inquebrantable en su mirada era la avestruz, que a media calle emprendió el vuelo, antes de que un auto les diera de frente.

En el aire, Pedro indicaba asustado al pecho de Nazo. “¿Estás bien?” tartamudeó. “Sí, creo” dijo mientras sobaba con cuidado el cartucho que cual filosa turgencia, deformaba su perfil contra el sol de la tarde.

* * * * * * * * * * * *

Se escuchaban fuertes gritos en la residencia de Dan y Katia, y desde la ventana se podían mirar a un chico sin camisa, una avestruz, y dos padres con cables.

“La verdad, no pensamos que fueras a darte cuenta nunca. Creímos que así eran mejor las cosas” dijo su papá.

“¡Pero yo tengo derecho a saber estas cosas! No es posible que durante tanto tiempo me hayan tenido un secreto tan grande como este”.

“Bueno, pues, no sabíamos exactamente cómo funcionaba, así que preferimos no hacerte peligrar” respondió la mamá, tomándolo de los hombros. Nazario entendía, claro que entendía, pero eso no significaba que no pudiera indignarse.

“Pero si vas a empezar a utilizar tu poder, no hay nada que podamos hacer para impedirlo, hijo”, y con un abrazo, el papá terminó de calmarlo. “Ven. Sígueme”.

Llegaron al segundo piso de la casa, luego al cuarto de sus papás, después al cuarto de ropero, y como si fuera película de ciencia ficción, jaló una camisa, y comenzaron sonidos y humo, para revelar algo escondido “¡una guarida secreta!” fue lo primero que pasó por la mente de Nazo, pero sólo se mostró una protuberancia en la pared, que contenía una llave extraña, futurista y metálica. “¿Eso es todo, una llave?”

Su padre suspiró con humor “¿esperabas una baticueva?” y se carcajeó mientras hacía otro ademán de que lo siguiera. Ahora la familia fue a dar al cuarto de Nazo “Ayúdame a mover la cama, hijo”. Arrastraron el mueble hasta revelar un hoyo diminuto en el piso. A simple vista, parecería un azulejo quebrado, pero ahora era obvio que la llave entraba ahí. “Ábrelo hijo”.

Nazo la introdujo, y del suelo salieron columnas repletas de arriba a abajo con videojuegos de muchas generaciones y consolas. Y en el escritorio que se elevó en el centro, había una caja de madera tallada, con un símbolo adentro de un círculo, parecía una “T” al revés.

“¿Y esto?”

“Es un joystick hijo. Se utilizaba para jugar al Atari, que es la consola a la que pertenecía el cartucho que trajiste”.

Nazo le sonrió a sus padres, y conociéndolos, ya sabía lo que se encontraba dentro de la caja. Al abrirla descubrió un adaptador universal. Un cartucho que se colocaba en el espacio de su pecho, y sobre ese cartucho podía caber cualquier otro tipo de cartucho para videojuegos, de cualquier generación conocida.

“Aún estaba trabajando sobre la adaptación de CDs, pero no me diste tiempo” bromeó su mamá. El hijo, feliz, los abrazó a ambos. Luego el teléfono sonó, “yo contestó” dijo Katia saliendo rápido del cuarto. “Hijo, ahora escúchame, y escúchame bien:”

“El poder corrompe cuando no es compartido. Y este poder no es tuyo, le pertenece a todos, aunque sólo tú lo puedas ejercer. Es por eso que te damos esta llave, confiamos en que no vas a usar tus habilidades por diversión, sino por necesidad: Por los demás. Hasta entonces, guarda esto -dijo poniendo la mano sobre su pecho, deteniendo la llave- en un lugar seguro. Hacer todo lo que puedes, no siempre es libertad”.

Katia interrumpió la escena con los ojos algo llorosos.

“Es tu amigo, Pedro. Está… lo mataron, hijo”.

Palabras para la próxima semana: Reactor, Razón, Mano

2014-07-03 00.39.47

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