Beso 14: El Vacío

Ella miraba el techo de su habitación. Hacía un ejercicio que escuchó de un compañero en la escuela: tenías que imaginar un cuadrado, luego el cuadrado formándose en cubo, agregándole dimensiones, por último crear otro cubo que tuviera conectado en cada una de sus esquinas una línea hacia las esquinas del primer cubo, para formar un teseracto en su mente. Creía que formando un hípercubo sería capaz de comprender con más profundidad la cuarta dimensión. Era una seducción abrasadora, como tocar a Dios: estar consciente unos segundos de la propia posible inexistencia, la diminuta porción de realidad que ocupábamos con nuestra tridimensionalidad, y la humilde presencia de la tetradimensionalidad para con imposibles medidas de titánica racionalización mostrarnos el universo como un pliego de cartulina infantil.

La respiración se le aceleraba con los ojos cerrados, y cuando pensaba que iba a caer en el vacío los abría para comprobar que seguía existiendo. Y de nuevo, se enfocaba en el techo, formaba la figura, poco a poco caía en somnolencia existencial y despertaba con corazón alarmado. Se sentó en una de esas sobre el borde de su cama, y tocó sus labios. Luego miró sus dedos, y alcanzó a distinguir un destello estelar y negrura cósmica, antes de que desaparecieran como agua que se seca súbitamente. Cerró los ojos, volvió a hacer el intento, y puso sus dedos sobre su cara: sintió un líquido moverse sobre su rostro, pero a la vez, tendría que explicarlo más como un aire gelatinoso.

Abrió los ojos, y de nuevo, su cuarto, pero rápido juntó con sus manos un charco de la sustancia, y pudo observarla secarse rápidamente en la cuenca que hacía con sus palmas, pero de entre ellas, una cara desaparecía también, y no era la suya. Se decidió, pues su corazón ya no aguantaba más, y su vida en la tierra no le llenaba el ojo, así que abrió todo lo que pudo las cortinas de su ventana y se recostó en la cama, apretando los puños, esperando que su preciosa obscuridad celeste viniera por ella.

Por más extraño que parezca, escuchó una sonrisa. Escuchó un parpadear de ojos y una mirada de ternura.

Un negro absoluto se posó sobre sus labios, y entró por su piel para llenarla toda de inexistencia. Luego, yació unos instantes en el todo. No abrió los ojos, aunque podía, pues ya había tomado su decisión. Luego, dejó de ser, y la habitación vacía no era más que eso: una habitación vacía.

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