Beso 13: El Sanguinario

“Tallar, tallar, tallar, tallar, tallar”, Héctor no dejaba de limpiar su cuchillo. Tenía que quedar reluciente, y siempre dejaba un utensilio filoso de la casa en la escena para no tener que prescindir de su filo amado. Por regla, sólo mataba perros, aún no daba el salto a humanos, aunque en los foros virtuales a los que estaba inscrito le decían que era relativamente sencillo.

Un ruido en la puerta frontal.

Se congeló de inmediato y entre las sombras, observó: una chica de veintitantos años, pelo corto pegado al cráneo, camisa de un solo color, sin accesorios. Se acercó a la cocina, y miró la sangre en el piso. Ahogó un grito mientras buscó en su bolsa en gas pimienta, y se agachó escudándose en las alacenas bajas contra la vista de cualquier persona que estuviera fuera. Esperó un tiempo considerable, y Héctor también esperó en silencio, inmóvil: no podía ser esta la noche en que perdiera su cuchillo.

Después, sucedió lo inesperado. La chica se puso de pie, se asomó por la ventana del lavabo en su cocina, y confirmando que no hubiera nadie guardó su mortífero rociador, y en su lugar sacó un cuchillo de caza, mismo modelo que el de Héctor, color celeste.

Se acercó al perro, palpó su cuello y su vientre con la mano, y cuando confirmó que en realidad, ya estaba muerto, hizo una incisión profunda con su filo, y observó la sangre que bañaba la hoja en una obscura fascinación. Ahora el grito ahogado fue de Héctor.

“¿Quién anda ahí?” Preguntó sosteniendo rápidamente su cuchillo frente a ella, y hurgando en la bolsa en busca del spray, lo más rápido posible.

“Yo. Disculpa, yo maté a tu perro. Perdón” El chico salió de las sombras con su cuchillo también frente a él, limpio y brillante en la luz lunar, dorado. “No presentes cargos, por favor”.

Ella vio su quijada grande y fuerte y los lentes de marco grueso. El corazón le latió muy rápido. “¿Por qué lo mataste?”

En vista de que ella aún no se lanzaba por el teléfono, ni le arrojaba gas pimienta, tomó estas señales como muestras de paz, así que pensó en ser completamente sincero.

“Pues, no sé. Me gusta. Sólo los mato y ya”.

“¿Y eso?” con el cuchillo le apuntó a la cámara profesional que colgaba de su cuello “¿también los fotografías, enfermo?”

Se puso como muerto, la confrontación lo tenía helado y dolido. Ya sabía que era algo vergonzoso, y no necesitaba que más personas se lo recordaran. Entonces, escuchó que ella abría un cajón de la cocina, y pensó que en ese momento ya todo había terminado. Al menos le dio gusto irse con un cuchillo limpio.

“Es mejor con instantánea. Menos evidencia”.

La mano con uñas pintadas de morado le sostenía frente a la cara cuatro fotografías de diferentes gatos, en posiciones mórbidas, cubiertos de sangre obviamente. Los dos sonrieron tímidamente, como corazones que se avergüenzan de haber tardado tanto en encontrarse. Ella se acercó entre el sonido de pasos mojados con sangre, y él también se aproximó, guardando su cuchillo en la funda que tenía por detrás de su cinturón.

“No” sintió la mano fina y helada detenerlo por la muñeca “no lo guardes. Así”.

Y tomando su cuchillo dorado y brillante, se hizo un corte en el labio. Luego él hizo lo mismo, y se besaron manchando de rojo sus ropas y sus cuerpos, esa noche y para siempre.

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