#27: Con Aires Dorados

El Conde Salazar confiaba poco en los bancos, es por esto que se encontraba a bordo del Midas, submarino color oro -pero sólo el color, porque el Conde no creía tampoco en la opulencia aparentada. El dinero siempre tenía un uso concreto, y las diversiones o amenidades eran desperdicios ante los ojos del viejo alto y garboso: Tirarle una moneda a un niño no era lo mismo que tirarle una hogaza de pan, y más que preferir el pan, él prefería no tener niños.

En las ventanas del submarino, se despedía de la superficie mientras secretamente deseaba que su banco predilecto se hubiese fijado más en la calidad que en la apariencia del gracioso sumergible que le obsequiaron. Se burlaron de él cinco años atrás, cuando sugirió introducir un catalizador junto a sus lingotes de oro para convertirlos en gas y llevarlos de forma presurizada hasta el fondo del mar. “Pues mire, lo quiero entender don Salazar, ¿pero cómo va a recuperar su oro?” a lo que refunfuñando con clase, el conde respondió “¿Quién le sugirió a usted mi posible restitución del oro? En ningún momento de mi vida presente o futura planeo extraer las ganancias que tan duro me han costado”. Soltaron carcajadas idénticas a las que él soltó cuando trajo su primer tanque de oro. Se disculparon más de diez veces por ejecutivo, y las canastas de fruta no dejaban de llegar, pero ningún alimento haría sucumbir al conde Salazar en su idea de cambiar de banco, hasta que le sugirieron llevar a cabo su plan submarino.

Sonó un reloj de bolsillo que guardaba celosamente -de bronce tratado, mostrando sólo sus iniciales- y determinó que ya era hora de su chequeo rutinario de manómetros a lo largo de la nave. El sonido de sus zapatos con suela metálica reverberaba en los tanques que se apilaban acostados, uno tras otro, en las paredes del vehículo. Tendrían que ser más de 500, y la nave pequeña sólo tenía tres navegantes y el conde con una pequeña recámara para los cuatro -al conde no le molestaba dormir con la tripulación siempre y cuando su fortuna no se gastara en lujos innecesarios.

En cada tanque que visitaba recalibraba la válvula, pues leyendo el vacuómetro sabía la presión exacta que los tanques soportaban, y como estaban llenos hasta el tope, había poco lugar para margen de error. No le importó correr el riesgo, aunque significara paseos continuos por los cilindros metálicos y constantes modificaciones a la presión de los mismos. Había hecho los cálculos con tal precisión que si seguían bajando al mismo paso y velocidad, el tendría suficiente tiempo para dormir cuatro horas y luego levantarse e invertir otras tres en recalibrar, luego otras cuatro de sueño, y así hasta llegar al punto de entrega. “¿Me pregunto si el capitán entiende la gravedad de este viaje?” era su costumbre hablar solo, así que se arrancó rumbo al cuarto de mando para que alguien escuchara sus ideas que tanto valían la pena.

“Está usted consciente de que la velocidad de sumerción debe ser proporcional a la resistencia de presión que tengan mis tanques, ¿cierto? Ya antes hice llegar a ustedes una nota con las indicaciones claras”.

“Eh… sí”.

“Bien, bien. Iré a la cama”.

Claro está, que ninguno de los tres tripulantes podía interesarse menos por la presión de los tanques. Lo único que les interesaba era llegar a tiempo para ver el partido del domingo, así que aceleraron el paso mientras el conde dormía. Y los tanques no explotaron, pero si desgastaron su resistencia, estando muy frágiles como para llegar a bajar más de lo que se había estipulado.

Ya estando sobre la fosa que tenía más de setenta metros de profundidad, el submarino se detuvo y comenzó preparativos para lanzar los tanques allá abajo. Terminó de calibrarlos todos correctamente, y mandó el primer tanque por medio de una compuerta especial. El gas era muy pesado, así que no había que preocuparse por que terminara flotando, pero cuando iba sumergiéndose, cayendo como un pétalo de flor resistiéndose al viento, algo saltó a la vista de Salazar: un hilo dorado que salía por la boquilla del tanque. Su cara se desfiguró por completo.

Fue cuestión de segundos para que el tanque perdiera la resistencia y liberara a presión el oro, propulsando el cilindro como torpedo brillante, golpeando una de las hélices que propulsaban a la bestia dorada. El submarino se disparó hacia abajo, con lo que dentro de la nave, todas las boquillas de los tanques se abrieron al mismo tiempo, y un aire brillante y dorado comenzó a inundarlos. El olor a metal era muy fuerte, y poco a poco se iba posando sobre todo, solidificando cualquier cosa con la que tuviera contacto después de algunos segundos.

Antes de morir, el Conde Salazar derramó una lágrima. No por lo que le faltaba vivir, ni por las riquezas que aún no obtenía, si no por el tanque que se abrió fuera del submarino, y su oro que yacería perdido de la humanidad, que se le había escapado de entre las manos como un viento dorado, una riqueza en neblina: la fortuna en vida, siempre inalcanzable.

Palabras para la próxima semana: Pingüino, Antorcha, Vestido

2014-07-03 00.29.16

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