#26: El Vagabundo Adorado

Botellas constantemente paseaban por las manos de aquél hombre. De la boca, un eructo con sabor fuerte a quimo le reventó el sueño, y al disipar la ilusión de su consciencia, pudo ver a duras penas entre las sombras matutinas que sólo el amanecer por las cinco de la mañana puede lograr, a un chico rubio postrado frente a él. Lo primero que saltó a sus ojos fue el brillo dorado de su reloj con diamantes en la mano derecha, uno desarrolla un ojo para eso cuando vives entre objetos opacos y sin destello propio. Después, fue la figura que formaba con sus manos: Un tres… o una “E”, dependiendo de qué lado lo vieras, en cada mano, uno viéndose a otro, con los brazos extendidos frente a él en el suelo.

“Épale”

Dijo el borracho, trasladándose con tumbos lejos del muchacho, y de reojo, viendo el deportivo amarillo que estaba estacionado bajo del puente. Se sentó bajo uno de los pilares de concreto gigantescos, fuera del alcance del adorador millonario y del sol asesino. El joven lo siguió, postrándose frente a él de nuevo. Suspiró con aliento alcohólico y decidió relajándose viendo al techo, ignorando al muchacho.

* * * * * * * * * * * *

Más de una semana, y todos los días despierta para encontrar más niños ricos a sus pies: chicas con vestidos cortísimos y blancos no dudan en recostarse entre periódicos viejos y colchones orinados, chavales con sus camisas de botones a rayas abiertas en el pecho, dejan que sus esclavas y cadenas se raspen en el concreto quemado, y exponen sus espaldas al sol y el olor de tachones viejos. Sólo se levantan para ir por comida, no sin antes pedir palabras de sabiduría del hombre, quien sólo les lanza gruñidos, o pedazos de basura que encuentra junto a él. Ellos parecían darle un simbolismo espiritista a todos los actos que producía, y a cambio le traían comida, así que por lo pronto, no le molestaba la atención.

El chico rubio se acercó una vez más, manteniendo la mística figura del “3” con los dedos se sus dos manos. Con reverencia se arrodilló, hablando suavemente:

“Oh Vagor, santo Dalit, imploro que reveles a tu siervo, quien bebe la verdadera riqueza, consejo para la vida”

En un silencio escéptico, el indigente sintió su corazón ablandarse una pizca.

“Pos, vivo güey. Vivo con hacerte cascajo, como yo”.

El güero levantó su rostro, derramando una lágrima, y colocando los signos de sus manos frente a la cara, retirándose poco a poco. Una chica morena de costosos aretes y vasto maquillaje le acercó un racimo de uvas sobre una bandeja de oro real con nueces de la india. Sus pies tambaleaban con los gigantescos tacones pisando flojo entre las llantas viejas y los aparatos eléctricos que formaban el improvisado trono bajo el puente. El borracho suspiró, luego abrió la boca para recibir las frutas.

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El hombre miraba desde una ventana alargada, que cubría toda el ala este del edificio. Cientos de negocios y calles se extendían por debajo de él, a largas y anchas. Picaba su boca con un palillo, entredejando ver sus amarillos dientes, uno que otro quebrado, y caries en casi todos. Aún así, lucía un traje fino italiano, confeccionado a su medida justa. Regresó caminando, palpando con su mano el pelo engomado que tenía peinado hacia atrás: Conservaba la misma cara desarreglada y maltratada por la calle, pero unas cuantas cosas descuadraban su imagen como el pelo arreglado o el traje. El güero entró corriendo, azotando las puertas de caoba que se extendían tres metros hacia arriba.

“Vagor, santo Dalit, nos enviaron la querella de cese, y no sé qué hacer. La compañía tiene más opulencia que nunca, pero los enemigos de la riqueza verdadera son muchos”.

Posó su mirada sobre sus pies, sus muñecas: ya no usaba los relojes costosos, y su vestimenta era elegante, pero modesta. Esta gente lo puso en un pedestal, lo elevó a presidente de una secta de vagabundos, y nadie se molestó en explicarle lo que sucedía. No le hacía daño, y al fin tenía cama y comida, así que el tampoco se molestó en ponerle un alto.

“Échale más leña al fuego, y te quemas chato”.

El güero hizo un signo modesto de tres con su mano, y en sus ojos ganó determinación apoyándose en las palabras del vagabundo, palabras que para él eran excusas de comodidad.

* * * * * * * * * * * *

Desde su trono, el hombre viejo miró al horizonte destruido: Restaurado en toda su gloria, el templo de Salomón había sido ofrecido a él, después de que su corporación monetario-religiosa llegara a inhóspitas alturas para las demás superpotencias, la tensión fue aligerada con un convenio que proponía llevar su organización fuera de América y establecerse en el medio oriente. Rascó su barba -idéntica a la que tenía debajo de aquél puente- y acomodó la corona que hacía protruír de sus sienes ramas de oro y plata, con esmeraldas en las puntas. Su larga capa de terciopelo con tinte rojizo era incómoda en el calor, y llegó a preguntarse si realmente alguien hubiera vivido en un templo así cientos de años antes, soportando el calor infernal.

A su lado de pié, el güero miraba fijo al horizonte. Quién sabe qué pasaría por su mente, para él seguía siendo un misterio desde la fatídica mañana debajo del puente, hasta la secuela de la gigantesca guerra armada. Ahora él se erigía sobre las cenizas de miles de millones de cosas que no conocía. Miraba a las personas con pieles en lugar de ropas, hachas por pistolas, y él era el único que aún llevaba ropa civilizada. Una chusma se vislumbraba por donde el sol se ponía, y entre más obscuro, más se percataba de las antorchas encendidas y la cercanía que tenían.

“Es tiempo” dijo el niño rico, que ya no era niño, ni rico.

“¿Tiempo de qué güey? Nunca me dijiste nada”.

El rubio bajó la mirada. Ya comenzaban a oírse los gritos al pie de las escaleras de mármol.

“¿Es esto una prueba? Sé que debo guardar el secreto, pero últimamente tengo muchas dudas, mi santo Dalit”.

“¿Prueba de qué o qué? Ni me dijiste por qué me trataban tan chido ni nada nunca nada, nada de nada”.

Las facciones del güero se apretaron, su cara endurecida tenía la mirada filosa, que fue levantándose poco a poco, luego mirando a la izquierda.

“¿Quiere saber por qué está sentado ahí? ¿En realidad quiere saber la razón?”

“Pos… Pos sí” titubeó el vagabundo, escuchando los gritos más cerca cada vez, disminuyendo en aclamación, aumentando en furia.

El chico respiró. Cerró los ojos. Comenzó a recitar:

Un lobo y un tejón viven en el bosque. Ambos viven en la misma madriguera. Digamos que se quema el bosque, y el tejón-

La flecha salió por el otro lado de su cráneo, cayó al suelo instantánteamente y su sangre comenzó a derramarse por los escalones, y sobre las sandalias del hombre. Con divina parsimonia, develó una cerveza debajo de su capa, y la bebió diciendo “Este mundo jodido, cómo está lleno de vagabundos ombe. Gente sin quehacer”.

Y mientras le daba un trago grande a la botella, una lanza lo atravesó por el pecho, clavándolo en el trono. La chusma pronto lo cubrió como una ola de basura, botes de plástico, periódico viejo y electrónicos rotos. Como si durmiera entre basura.

Palabras para la próxima semana: Nave, Banco, Manómetro

2014-07-03 00.22.14

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