Beso 12: El Detective

Rebeca se hundió más y más en su asiento. La falda lo hacía complicado pero la glock apretada entre sus manos delgadas le aseguraba que ningún daño en la fábrica de su vestido valía la pena su atención en este momento. El lado del conductor vacío, esperando a que su marido regresara, pero los minutos pasaban y ella cada vez reclinaba más y más el asiento. Un toque en el cristal con metal: Soilo con la pistola bajo el abrigo a tres cuartos, volvía a tocar la puerta con su anillo, despistando la mirada en las húmedas calles empedradas.

Sabía desde el momento en que inició la relación, que no era un hombre fácil, y que el único misterio que jamás podría resolver era por qué tantas noches no estaba con ella en la cama. Luego al día siguiente lo encontraba en el sillón sangrando, o en la mesa de la cocina, desmayado, o haciendo el desayuno con la nariz rota y parchada. Pensó que un anillo lo retendría, pero el único saco largo aquí era el que traía puesto. Salió rápido del auto, siguiéndolo, hacia un callejón obscuro.

“¿Le quitaste el seguro?”

“Sí”

Tocó con sus dedos el plástico tibio de la pistola, confirmó que lo había quitado, desde que escuchó el disparo adentro del departamento. Sabía que los perseguían y que eran más de uno, de otra manera Soilo hubiera subido al auto tranquilamente.

“Como te enseñé, reina. Sin miedo, vamos a salir de esta”.

“Te creo, bebé”

Ambos fueron por el beso, pero el trueno de una semiautomática los llevó a esconderse uno a cada lado del callejón. Parece que la noche de gala no se llevaría a cabo, al menos no después de ensuciar su vestido con jugo de basura. Soilo descargaba su pistola, apuntando al tanteo al hombre que estaba a sus espaldas, divididos por un refrigerador viejo y tarimas de madera. Ella intentó asomarse, sólo para ver el destello de un disparo y esconderse de nuevo. Con la vista loca, buscando algo para protegerse, intentaba arrinconarse más entre la pared y el contenedor verde de basura. Enfocó la mirada frente a ella, y dos siluetas aparecían al final del callejón, escondiéndose detrás de láminas y puertas rotas.

Ella disparaba, Soilo disparaba, todos disparaban. El tiroteo iba a acabar pronto, porque escuchó cada vez más disparos del lado que Soilo custodiaba. Su pelo, que llevaba en una cebolla, se iba desarreglando. Sus balas se acabaron “no” dijo sin voz, mientras buscaba el cargador. Al tenerlo en sus manos, desarmó la pistola, puso el cartucho nuevo, y recibió un disparo en el hombro izquierdo. La mirada de Soilo fue de terror, se puso de pie de inmediato, y eso dio oportunidad a que le colocaran tres tiros en la pierna. Se desplomó en su mismo lugar, respirando pesado.

Se miraron. Luego a sus lados. Por las periferias del angosto corredor nocturno se acercaban los asaltantes, casi una docena, con las pistolas apuntándoles. Después de una pausa, soltaron unas lágrimas, mientras asentían con la cabeza, pues ya tenían un plan desde hacía mucho tiempo.

“Te Amo”.

“Te Amo, Soilo”

Y ambos levantaron sus armas, acertándose un disparo en los labios mutuamente. Dándose el beso de la muerte.

 

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