#25: Hamburguesa

Haciendo uso de la tecnología, Aarón encontró un sitio de hamburguesas muy peculiar. La página web no ofrecía tipos de hamburguesas, sabores, condimentos o guarniciones. Simplemente ofrecía una única hamburguesa -de la cual no mostraban fotografía- y el precio -lo que el portador demande. Pensó que muy probablemente era de esos nuevos negocios pretenciosos que se basaban en código de honor. A ordenar se ha dicho, pues un sábado en la tarde lo amerita. Ya lo había planeado: la noche perfecta sería una película, palomitas con jalapeño, y sus cómics de Patoman -el único hombre capaz de tragar cualquier cosa.

Estaba rascándose la panza, mientras cavilaba sobre la veracidad de los poderes que residían en el cinturón mágico de Il Cacciatore -aquél archienemigo de Patoman, chef italiano que en su intrincada y budista búsqueda por la perfección en la cocina francesa, decidió que todos los patos debían morir, volviéndose loco- cuando palmearon la puerta. Creyó haber escuchado mal, así que empezó a picarse la nariz, pero de nuevo se hizo efectivo el peculiar sonido: palmadas en la puerta. No toques con los nudillos, ni azotes con el puño cerrado: palmadas. Se arrojó tras el sillón, jugando en su mente a ser un superhéroe de 23 años, mientras buscaba su cartera en el sillón tanteando con su mano. Ahí estaba. $100.00 y hacia la entrada.

Pero al abrir la puerta, saltó a sus ojos una chica con cabello amarillo, piel roja y traje espacial blanco; tenía su palma extendida en el aire, lista para golpear la puerta una vez más.

“Ah. ¡Hola!”

“Hey… Tienes mi hamburguesa”

Ella rió, y luego suspiró “Sí” mientras sonreía.

Y así se quedaron unos segundos, en silencio hasta que el ambiente se empezó a poner incómodo. Aarón hizo ademanes de haber olvidado algo, y le mostró el billete a la chica repartidora mientras sonreía con los labios apretados, impaciente por su hamburguesa. Ella sólo sonrió viendo el billete, luego la cara de Aarón, luego el billete de nuevo, mientras se movía juguetonamente con sus manos en la espalda. Su sonrisa se transformó en un gesto de reflexión después de unos momentos, tomando el billete entre sus manos rojas y tratando de ver en él más allá del parecido que tenía con las hojas de los árboles.

“Bueno, ¿me vas a dar mi comida?” exclamó irritado. Hubo una pausa. Los ojos grises de la chica se enfocaron mucho en su cara, para darle un rápido “¿Qué comida? ¿Piensas que vengo a alimentarte?”

Con cara de ofendido, le arrebató de la mano el billete “No sé quién eres. Estoy esperando mi comida” y cerró la puerta. O al menos, lo intentó, porque la chica puso su gigantesca bota blanca en la puerta, impidiéndolo.

“Pediste una hamburgesa, ¿no?”

Cansado, soltó la puerta y se refugió en el interior de su departamento, haciendo berrinche mientras se sentaba en el sillón.

“Sí, pero tu no tienes ninguna”.

Lo siguió hasta la sala, y de pie frente a él, extendió sus brazos:

“¡Yo soy una hamburguesa!”

“No. No eres. Eres una persona. Y si eso que tienes en la piel no es pintura, tienes una condición grave. De hecho, si es pintura, también es una condición grave”.

“Espera, no entiendes” dijo ella moviendo su cabeza, levantando sus manos.

“Claro que entiendo, venir pintado de pies a cabeza a tocar a casa de un extraño es una condición grave” tomó el teléfono inalámbrico con su mano.

“No no, no entiendes. Mira” lo tomó de la muñeca libre, y estirándolo, fueron a la entrada de la casa, desde donde el cielo podía mirarse perfectamente.

“¿Ves esa estrella roja?”

Aarón se esforzó mucho, aguzando la vista.

“Sí. Aunque bueno, difícilmente se ve”.

“Es Hamburguesia”.

Pausa.

Balbuceo.

Pausa.

“¿Tu planeta? ¿Hamburguesia?”

“Sí. Por eso yo soy una hamburguesa”.

Silencio.

Aarón seguía viendo las estrellas, y la chica tuvo que jalarle la manga del suéter.

“¿Me puedes dar un tenedor? Y un limón. Es todo lo que necesito”.

El chico, con un ceño fruncido, fue a la cocina. Esto es una broma pensaba. En cualquier momento se acaba.

Le entregó los objetos, y ella dijo “¡Gracias! Mi gente agradece de una manera especial. ¿Puedo darte las gracias hamburguesas?

“Eh… sí. Claro”.

La chica cerró los ojos, apretó los labios… de pronto, su cuello comenzó a inflarse, como el de una rana. Con una de sus uñas, cortó la piel en un movimiento limpio y horizontal, del que salieron dos eritrocitos gigantes, del tamaño de una mano -Aarón pudo decir porque cayeron justo ahí, en sus manos. Acto seguido, apretó con ambas manos la herida, que aunque sangraba un color ámbar, fue cediendo poco a poco a las respiraciones calmadas, y cicatrizó en segundos. Aún no regresaba su cuello al tamaño normal, cuando se arremangó el brazo derecho, y reveló bajo su piel varias glándulas. Presionó cada una de ellas, y salió primero una masa parecida a la pus, color café-negro. Después un gel rojo, y otro amarillo. Los dejó caer todos sobre los eritrocitos, y se convirtieron con la temperatura del ambiente, en una jugosa carne de hamburguesa, queso y catsup. Al terminar, se volvió a cubrir el antebrazo con su piel, su cuello ya se había desinflado. Dio una sonrisa amable al chico, y se fue volando.

Aarón cerró la puerta, logró caminar de regreso a su sillón, a pesar de la impresión que tenía. Colocó la hamburguesa al lado de la laptop, y echó un vistazo a la página de nuevo.

Leyó el slogan:

“Las mejores hamburguesas en este lado de la galaxia”.

Palabras para la próxima semana: Tachones, Tinte, Nuez

2014-04-16 21.10.30

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