Beso 11: El Rubik

Adela nunca fue como la mayoría de las niñas. En cierto sentido sí: también le gustaron los chicos a cierta edad, le fascinaba el color rosa, buscaba vestirse bien y menstruaba. La cuestión aquí es que a la fatídica edad de 15 años, descubrió que estaba locamente enamorada de un cubo de Rubik.

Tal vez podríamos culpar al internet, que tiene información innecesaria a la orden del día, pero una tarde descubrió, surfeando por la red, que el récord mundial para armar un cubo de Rubik era de 5.55 segundos, y eso lo cambió todo: para su próximo cumpleaños, lo único que deseaba era el cuadrado colorido: tenía que aprender a armarlo, a como de lugar. Tenía que vencer a ese tal Mats Valk. Nada era tan importante como eso.

Y así fue que comenzó a dejar la ropa, las fiestas y los muchachos de lado, para enfocarse de lleno en armar el cubo. Investigó cada uno de los algoritmos para armarlo correctamente, y la primera vez que lo tuvo en sus manos, dedicó una hora con veintisiete minutos y dos segundos para armarlo por completo, a partir de las reglas y procedimientos que ya había memorizado. A partir de ahí, su tiempo récord iba bajando cada vez más, al igual que sus calificaciones, la cantidad de amigos que tenía, y la esperanza de sus padres de que llegar a hacer algo de su vida. Adela, despeinada, desarmaba y volvía a armar el cubo, aceitándolo, pintándole los colores cuando se hubieron desprendido las calcomanias, practicando una y otra y otra vez. 7.34 segundos. 7.12. 6.20. 5.55.

5.54.

Lo había logrado.

Pasó el límite de armado de cubo que ningún humano había logrado hasta ese momento, y lo hizo sola, en su cuarto. Sin un solo testigo.

Los sentimientos de Adela se encontraban, porque aunque se sentía rebosante de alegría, no había muchas personas con quien pudiera compartirlo. De hecho, sus 2 padres, los únicos seres humanos con los que mantenía una relación aún, no querían saber nada del cubo de rubik. Entonces, abordando el ciberespacio de nuevo, buscó en dónde desahogar su furor. Y encontró un sitio extraño, en un rincón escondido de la red, que muchas veces había pasado por alto.

Ahí decía que todos los grandes del armado de rubik sabían que no debías armarlo en menos de 4 segundos. Simplemente, no debías. Encontró aquí y allá pequeños pedazos de la leyenda urbana, pero nada más.

Con las piernas cruzadas sobre su cama, hizo a un lado la laptop, y tomó el cubo entre sus dedos de largas y sucias uñas. Lo miró, con largas bolsas bajo los ojos y un pelo salvaje y despeinado color mole poblano. Y volvió a intentar. 5.52. Decidida, pasó el resto de esa noche armándolo una y otra vez, variando con sus resultados, pero en promedio, acercándose cada vez más al límite. Acercándose al 3.59. Pero parecía tan imposible de lograr. Tan invariable. Hasta que en su mente algo embonó, y comenzó a combinar y crear nuevos algoritmos a partir de los que ya sabía, combinando todo lo que había aprendido de probabilidad con los videos de quienes armaban cubos con los ojos cerrados, con una mano, y hasta con los pies. Dio todo de sí, y llegó al 3.57.

Entonces la obscuridad cubrió su habitación, de un color púrpura podrido. El cubo brilló por las rendijas, y se abrió de par en par, y se sintió succionada dentro del pequeño juguete de plástico. Segundos después, su cuarto estaba vacío.

Cuando abrió los ojos se encontró en una estación de metro subterránea, completamente negra. Y una figura de un hombre mayor, de pié frente a ella, dándole la espalda. Aún así, reconocería esa nuca en cualquier lugar.

“¿Ernő Rubik?”

Ernő giró su cabeza, lo suficiente como para lograr darle un vistazo, pero permaneciendo de espaldas. Sin decir una sola palabra, indicó con su brazo hacia su izquierda. Con la mirada siguió el ademán, hasta distinguir una puerta roja y angosta al extremo de la estación. Se puso de pié y siguió en dirección a la entrada.

Tardó unos segundos en llegar, pues aunque parecía estar cerca, el camino se hacía más y más largo, y podía leer señalamientos a los lados. Decían:

“Armar un cubo rubik es un acto de amor”.

“El amor verdadero, espera”.

“El amor se refina con el tiempo”.

“Rubik está solo porque debe”.

“Tantas veces te has encontrado con tu mente, a merced de tus dedos”.

“Es importante amar al cubo”.

Llegó a la puerta. La abrió. Dentro, un chico con ropas sencillas la esperaba de pie. Sintió algo encenderse en su interior, y corrió a sus brazos. Lo besó de la nada, y al pasar sus manos por su espalda, su cabello, sus brazos, ella lo sabía: reconocería este tacto en cualquier lugar… estaba besando a su cubo de Rubik.

Y jamás regresó.

Escríbeme algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s