Beso 10: El Caliente

El bosque estaba en llamas, y Martín se lanzó escudándose con la gruesa mangera -uno de los movimientos poco ortodoxos por los cuales era reconocido como el bombero más astuto de la compañía.

“¡Por favor, ayuda!” escuchaba unos gritos que provenían del interior del bosque. Tomó fuerte la boquilla y jaló el gatillo para dejar salir un chorro abundante de agua, con lo que se abrió paso entre las llamas que se esparcían de rama en rama. Sabía que al atacar la fuente del incendio disminuiría mucho su intensidad. Un crujido sonó sobre su cabeza, y sin mirar se arrojó hacia el frente, cayendo sobre tierra caliente y nada verdoza, un claro en el bosque que se rodeaba rápido de llamas.

Encontró la fuente: una cueva con una fogata al interior, pero ningún rastro de quienes iniciaron la flama. Avanzó decidido, abrió de nuevo la boquilla, y entrecerrando los ojos, notó un detalle preocupante: el líquido no parecía salir. Detrás de él, este largo tubo salvador era aplastado por una rama en llamas, y otra cayó rápidamente, cerca de él, con lo que se despidió definitivamente de la manguera.

Soltó resignadamente el artefacto, y sacudiéndose el traje amarillo y negro, avanzó decidido hacia la cueva. Al entrar, se quitó el casco, la chaqueta, y acercó su oído al conjunto de troncos ardientes.

“Ayúdame por favor. No era mi intención…”

Claro que no era su intención. Decidió que nadie llegaría a rescatarlo por lo dentro que se había aventurado en el bosque, así que permitió que sus poderes afloraran, y su piel café, se fue obscureciendo hasta tornarse ceniza. Con sus manos, tomó la llama, y dándole un beso, todo el fuego regresó a ella, como si fueran miles de ardientes luciérnagas viajando al mismo lugar. Un rostro suave y anaranjado surgió, unas manos que le acariciaron la ahora blanca barba.

“Sabía que vendrías”.

“No puedes seguir haciendo esto Inti”.

“Sí puedo, y lo haré. Hasta que dejes de pretender que no me quieres, y que perteneces a un mundo que no arde en amor”.

Martín se sentó, y comenzó a quitarse las botas. Se acarició los brazos, peinando sus vellos, pensando.

“Sabes que no dejas a nadie. Yo soy la única dejada”.

Él suspiró y tomó su cabeza entre sus manos. Apoyaba sus codos en las rodillas, mientras Inti lo miraba como un niño mira a quien no entiende, a quien no logra ver lo sencillas que son las cosas.

“Si me quedo, ¿paras los fuegos del bosque?”

“Todos los fuegos del mundo, Martín. Todos y cada uno”.

Y Martín, después de pensarlo un rato, y darse cuenta que en realidad, no había ningún lazo emocional que lo hiciera quedarse en nuestro mundo, optó por vivir eternamente con Inti, comenzando entonces la segunda era glacial.

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