Beso 8: El Temporal

“¿Y por qué estudiaste esto?”

Erica abrazaba sus piernas con frío, estaba mojada desde el último pelo de sus piernas sin rasurar hasta el último cabello de sus delgadas cejas.

“No sé… supongo que me fascinan los cambios de temperatura y esas cosas”.

Rubén respondía titubeante. Se acomodaba las gafas mientras intentaba arreglar el motor de poder eléctrico en el viejo cobertizo en medio de la nada. Si Erica supiera que ella era la única y sola razón por la que él estudiara esa carrera que se le figuraba tan idiota.

“Pues en mi caso, la vida me dio a entender que los cambios grandes y radicales en mi existencia se relacionan todos con el clima: la muerte de mi pa, Arya mi gata… ¿te dije que la encontré esa noche que nevó en Monterrey?, y uy, el galanazo de mi primer ex. A él lo hallé un día de invierno que se vino una lluvia fuertísima, pero irónicamente al acabarse, ¡llegamos a treinta grados!”

Siguió hablando mientras el chico tímido hacía como que sabía lo que estaba haciendo. Por la ventana se asomaba una luz neblinosa, unos rayos más celestes que amarillos, y la amenaza de un tornado a un kilómetro. Al fin ajustó el eje giratorio, y otorgó tremendo estirón al cable de ignición: prendió el motor, y la luz de la cabina. Rubén se movió a un lado de Erica, con las manos en el suelo, a falta de creatividad sobre dónde ponerlas. La escuchaba hablar de meteorología como de un amante, él se conformaba con ver el movimiento de su cuello, sus hombros levantarse. Desde hacía años se conformaba con eso. Y cristales estallaron a dos metros de distancia.

“¡Ay Rubén, se cae!”

“¡Ayúdame, se nos viene encima!”

La ventana se había quebrado, y toda la pequeña cabina de madera se tambaleaba. Erica empujaba el motor hacia la puerta junto con Rubén, y al tapar la entrada, tomaron los únicos dos pilares de metal que sostenían el techo de madera podrida. No duró mucho, pues el tornado que en sólo segundos había recorrido el kilómetro de distancia, arrancó la cubierta. Escobas y herramientas mecánicas caían de las paredes, que cada vez temblaban más.

“¡Me voy, Rubén, me voy!”

La fuerza del aire levantó a Erica, que sólo se sostenía del pilar con sus dos manos, mientras era jalada hacia el cielo. No tenía la fuerza necesaria, y en poco tiempo se rompieron sus uñas y salió despedida. Rubén, un poco más pesado, pensó como el ingeniero que realmente llevaba dentro, y pronto tomó las herramientas más pesadas que encontró. Se amarró con un cinturón de carpintería lleno de clavos y tuercas en zippers, casco con pinzas de metal apretándolo, en las manos un mas y un martillo, y el motor a su espalda, arrastrándolo.

Con fuerza sobrehumana, el caballero de metales trotó fuera de la cabaña al centro del tornado, y vio a su amor platónico girando como un plato: su sudadera era tan grande que fungía de vela entre las corrientes de viento, y gracias a ella, aún no caía desde semejante altura.

“¡Erica!” gritó entre kilogramos de minerales, y luego lanzó un mazo que tenía una cadena amarrada a su mango. Ella lo atrapó con maestría, pero giraba sin control. Rubén jalaba la cadena con más y más dificultad, pero confiado de que su cuerpo estaba anclado firmemente a la tierra. Cuando sus manos estuvieron al alcance, le dijo al pesado chico “¡Rápido, bésame! Con tu cuerpo como eje inmóvil, y mi sudadera absorbiendo el poder de viento, podemos crear una fuerza de resistencia para detener el tornado”.

“Pero… ¿qué no lograríamos lo mismo si sólo te tomo de los brazos?” dijo súmamente sonrojado.

Érica rodó sus ojos hacia atrás en señal de fastidio, pero Rubén sólo alcanzó a ver esto por partes, pues ella, a pesar de encontrarse a distancia de un globo de helio infantil, giraba frenéticamente, movida por el tornado.

“¿Quieres… un… beso… o… no…?” dijo algo desesperada mientras era sacudida cada vez con más fuerza.

Él estiró sus pesados brazos, ella los tomó y se arrastró en el aire hasta él, que en un abrazo le plantó el beso más metálico y gravitacional que jamás hubiera sentido. Ella sintió como si el remolino que hubiera sido hasta ese momento su vida llegara a un punto inmóvil, y cayera súbitamente a la tierra. Sus expectativas, sus sueños, sus deseos, todo tomó un tinte más real, y puso los pies en la tierra -literalmente y figurativamente- y todo se sentía mucho más seguro y optimista.

El tornado había parado por fin.

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