Beso 7: El Hojarasco

Todas las mañanas, ella trabaja mezclando harina, espolvoreando con azúcar, horneando pan, adornando las hogazas. Él llega en la tarde, amasa el bulto, reparte las porciones, cocina con fuego el alimento. El jefe les paga a los dos lo mismo, hacen lo mismo, pero sus panes siempre huelen diferentes.

Los de él, a sal y barro. A trigo seco.

Los de ella, a leche y manteca. A pasta suave.

Sólo se ven cuando ella sale de su turno, y él entra al suyo. O cuando él termina la labor por la mañana, y ella llega a relevarlo. Siempre son sólo unos segundos, pero saben que hacen lo mismo, con los mismos ingredientes, y las mismas indicaciones… pero a la vez, son tan diferentes.

Un día, él olvidó guardar un sobrante de masa. En la mañana, ella lo tomó entre sus manos, lo puso sobre la mesa de madera, y lo vio un largo rato. “¿De dónde será él?” se preguntaba. “¿Sabrá que existo?”. Tomó la masa, y formó un pequeño cuerno. Lo horneó. Al probarlo, supo que era el pan más delicioso que jamás había probado: se deshacía en su boca, a pesar de que el exterior fuera duro. El sabor le recordaba al amor de juventud, al éxtasis de un beso en el cuello. Se apuró a terminar el trabajo de ese día, para utilizar la hora sobrante, en prepararle un pan:

Puso la mezcla en la superficie, en vez de en un tazón, y mezcló con sus manos. Cubrió en harina la pelota esponjosa que resultó al final, y la remató con un beso quedo que se hundió suave en la superficie. Luego la metió al horno. Quedó lista justo para cuando él llegó, así que dejó el pan en un lugar donde ella sabía que lo vería, y corrió enrojecida hacia la puerta cuando lo vio llegar, evadiendo cualquier mirada.

Él encontró el pan y lloró. No creía lo bueno que estaba. Le parecía extraño, pero a cada mordida se le hacía que besaba a alguien, como si al masticar, la masa fuera una lengua coqueta que se paseaba en su boca. Entonces cayó en la cuenta, que ella lo había preparado para él. Sólo para él.

Tomó pan, olvidó el trabajo de ese día, y mezclo durante horas, hasta que la masa fuera tan suave como seda, tan maleable como un malvavisco. Y comenzó a hundir los dedos en la masa, pero cada vez , batallaba un poco más para sacarlos, y hundía con más fuerza, y ahora le cubría hasta la muñeca, y presionaba más, y ahora estaba codos adentro en la mezcla. No tardó mucho en desaparecer dentro de la masa, que se quedó del tamaño de una pequeña concha sobre el mostrador.

Cuando la chica llegó, echó de menos al muchacho que siempre veía, pero se alegró de encontrar la masa. “Huele a hojarasca” se dijo. Entonces horneó la masa durante unos minutos, y al momento indicado, sacó el tostado bocado del fuego. Fuera del calor se empezó a inflar. Al principio creyó que había sido la medida de levadura, y que no lo había dejado cocerse lo suficiente, pero el pan pronto tomó la forma de hombre. No de cualquier hombre, de aquél hombre que tanto saboreaba en sus sueños. El pan dulce la miró, y le plantó un beso en la boca. Ella sintió el delicioso sabor, la textura mojándose con su saliva, el azúcar desprendiéndose con cada lenguetazo que daba.

Y mordió.

Estaba delicioso.

Poco a poco, y apasionadamente, fue consumiendo al hombre durante horas: orejas crujientes, cachetes suaves, hombros duros y salados, las piernas con ajonjolí, el vientre con miel y limón, hasta que no quedó más que el meñique, que consumió al final alegremente. Estaba sonrojada, abochornada, deseosa de más… pero ya se había acabado, así que apoyó los codos sobre el mostrador, y sobre sus manos la cabeza, y quedó relamiendo el azúcar de sus dedos lo que quedó de la mañana.

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