Beso 6: El Robótico

Omar trabajaba día y noche para crear el beso perfecto. Tal vez fueron los años de soledad en preparatoria, o las burlas de su tío alcohólico, lo que lo impulsaron a trabajar día y noche tras el proyecto. La opulencia obscena de su familia le permitía ser anacoreta, y aún así, mantener el respeto de sus familiares por estar “invirtiendo” algunos de sus ahorros en la bolsa.

Un pellizco aquí… el labio más carnoso… el sistema hidráulico con sensores de presión, y nunca óptico, jamás óptico. Su habitación era inequívocamente el cuarto de un chico que no podría importarle menos la complejidad intelectual que retaba la mecatrónica: limpio por todos lados, sábanas y techos en diferentes grados de azul, camisas polo hasta donde alcanzaba a ver el ojo: un cliché. Era bajo su cama, donde guardaba el interruptor que abría un pasadizo entre las paredes -con sus padres fuera tanto tiempo, y dinero para gastar, era sencillo labrarse un laboratorio secreto.

Se veía apurado y ansioso: el día previsto había llegado, terminó la máquina de besos pero no se atrevía a utilizarla, y evadía el culmen de su creación alegando que le faltaban detalles, maquillaje, realismo… cientos de dibujos colgaban de las paredes, describiendo milimétricamente la distancia entre las comisuras y las orejas, la inclinación de las cejas por grados, o la temperatura de la piel sintética para mayor comodidad del besante.

Se sentó frente al busto robótico, dejando salir un suspiro de resignación. Sus manos cojían los cojines en los brazos de la silla, apretaban con nerviosismo. Su propia mente lo enjuiciaba, abogando por él y a la vez acusándolo: “Qué genialidad. Mira que concebir una creación tan perfecta y llevarla a completud” “inepto, pervertido. Es sólo otro modo de masturbar tu ser, vergüenza debería darte” “no existe algo tan cercano a la ternura sensorial como ésto” “es una muñeca para estimular tus sentimientos, como otras muñecas estimulan el deseo. Objeto de perversión”.

Levantó la cabeza respirando con violencia. Se puso de rodillas frente a la cabeza que lo miraba inmóvil. Se acercó, su mente en blanco, su frente sudando. “No es perversión” se decía a sí mismo, “es ciencia”. Encendió el interruptor en la nuca del hermoso rostro pecoso y pelirrojo, y con los dedos le cerró los párpados suavemente.

Como si lo supiera, el robot levantó sus labios, en espera de un beso. Omar tembló, pero se acercó. Cada vez más. Y más. Tocó con sus labios un poco de la comisura… en un segundo saltó con espanto:

Recibió una descarga eléctrica.

A diferencia de lo que se podría pensar, Omar sonrió. Tomó la cabeza entre sus manos, y le plantó un largo beso. Los cabellos de su frente se pararon, y pequeñas descargas eléctricas jugaban entre sus hombros.

“¡Qué beso!” exclamó. El busto pesado levantó sus párpados y sonrió, invitando al chico genio por más. No esperó y se lanzó en un beso apasionado, y mientras más utilizaba sus labios, más claro se veía la silueta femenina que se formaba con los rayos eléctricos que recorrían el cuerpo de Omar, rasgando sus ropas como uñas, apretando sus brazos como novia. La conexión eléctrica entre los dos no le permitía a Omar separarse, y no quería: su único amor, la ciencia, lo besaba de regreso.

El olor a carne quemada y polímero chamuscado pronto invadió la casa, pero no fue hasta el día siguiente que su familia se percató del cadáver desnudo que yacía carbonizado en el piso del laboratorio. A su lado, la cabeza femenina de una pelirroja, sonriente y satisfecha.

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