#18: Transportación

“Citocina”. Luego de nombrarlo, bajó con pereza el papel amarillento. Se rascó dentro del pantalón, como si fuera un concurso de vulgaridades con los demás cajeros.

“Presente, ante la niebla y la tierra que pronto se vienen”. El muchacho debía de repetir la frase para cada encargo nuevo que recibiera. Supuestamente honraba a la nación, aunque esta estuviese dormida desde hace años y ni escuchara su frase ya mnemotecnizada.

“Llévale a la señora Olivia este paquete”. Con tedio dejó resbalar encima del contador una caja de cartón agujerada, y un mecate amarrado en moño.

“¿Qué es?” preguntó temeroso de experiencias pasadas.

“Una rana” le dijo mirándolo fijo, mientras respiraba pesadamente, moviendo dos vellos que salían de su nariz e hipnotizaban con asco a Citocina. Después de unos segundos inmóvil, volvió a su lectura del periódico, aburrido del mundo y, probablemente, de la limpieza también.

Citocina tomó el paquete en sus manos, y peinó su fleco adolescente. Al momento de mover su mano por su cabello, la caja saltó, y casi se le cae de las manos, salvada por los reflejos de videojugador que penosamente albergaba en las partes más recónditas y menos populares de su cerebro. Emprendió el viaje en su monorriel personal: un pie en cada lado, sin nada a qué agarrarse. Se agachó para que la máquina reconociera sus huellas digitales e inmediatamente arrancó para llevarlo a la dirección ya preestablecida.

Mientras iba cortando el viento con un equilibrio cuasimágico, quiso echar un vistazo al interior de la caja. “Una rana” se susurró a sí mismo, “años de no ver una…” destapó el rugoso contenedor. El animal era azul con puntos negros. Brillaba aún y con el poco sol que se filtraba entre el smog, parpadeaba extrañado, como palpando su alrededor con la simple mirada.

Saltó fuera.

En seco, frenó las ruedas magnetizadas del monorriel. Con suerte, no venía nadie detrás de él y rápido arrancó el vehículo miniatura de la línea magnética. Se dejó caer hacia las profundidades de la jungla roja.

Hizo un alboroto en medio de su caída, y se rasguñó con algunas de las ramas, duras como hierro. Cayó finalmente al suelo húmedo, pero de pie, y no creyó que fuera muy difícil encontrar al anfibio: lo rodeaba una espesa savia roja, y bajo sus pies pasaba un diminuto río rojizo, sangriento. Fácil ver un punto azul entre la frondosidad.

Tanteó por los árboles, que cada vez cubrían más de la luz del sol. Se sobaba los rasguños en el costado, y sentía la sangre que levemente brotaba. No tardaría mucho ahí, una rana azul debía de costar cientos de millones ahora que todas las especies se estaban extinguiendo apresuradamente.

Al final de una hilera de árboles, escuchó el croar del animal. Se movió con más rapidez, y a la vez, con más silencio. Aproximándose a la fuente del sonido, logró encontrar lo que por lógica sería el escondite del escurridizo celeste: un tronco hueco, en donde cabía sólo su brazo. Bien se acercó, y respirando destapó la caja café, la dejó en su mano izquierda, y metió la derecha hasta lo más profundo del cilindro natural. Tanteó con los dedos y la savia rodeaba el interior del mismo, hasta que tocó la piel de la rana: babosa y suave. La intentó tomar entre sus manos.

Algo más tomó su mano.

Citocina comenzó a gritar, pero todos saben que al bosque rojo, nadie se mete. Fue tomando forma hasta ser una mano rasposa, que entrelazaba sus dedos duros con los de él. Miró alrededor, y vio los árboles removerse, abrírseles fauces, cuencas, profundidades, y les empezó a brotar el rojizo líquido que se iba tornando más obscuro y negro cada vez. Uno se acercó despegando sus raíces del piso, y cuando intentó moverse, Citocina vió que las piernas se le habían pegado al suelo, solidificadas por la jalea carmesí.

Frente a él, uno de los hombres tronco desbordaba de su boca savia. Se posicionó encima de él, y la sabia comenzó a caer en su boca que ya no podía cerrar. Escuchó al árbol decir en una voz tremenda y a la vez suave: “Amigo”.

Y la rana también se extinguió en el bosque rojo, que poco a poco, cubría más superficie de la tierra. Cada día, un centímetro más.

Palabras para la siguiente semana: Mycobacterium, Estatua, Pipeta

2014-04-01 22.34.15

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