Beso 5: El Fabuloso

Una cerdita paseaba a las orillas de un bosque. Todos los cerdos siempre le decían que no se acercara demasiado, porque en lo profundo del bosque vivía un dragón y podría comerla. La cerdita hacía caso omiso a las advertencias porque pensaba que la vida era muy corta como para no vivirla. Creía en la prudencia, y en el cuidado de las cosas peligrosas, más también pensaba que si moría mientras veía el mundo, tal vez debería de ser así, pues no pensaba pasar el resto de sus días en un charco con lodo, comiendo bellotas y trufas.

Así pasó semanas, recorriendo la circunferencia del bosque, y de vez en cuando escuchaba una voz profunda, melodiosa y a la vez poderosa, que le atraía. “No puede ser ese dragón”, pensó varias veces. “Un animal así de salvaje no puede tener una voz tan dócil y calmada”. Fue probando su suerte, adentrándose cada vez más en sus paseos por el bosque, pero siempre regresando a su hogar. Un día llegar hasta aquél árbol. Otro día, hasta aquella rama partida. Así fue aproximándose cada vez más, y sus paseos habían dado a sus pies una gracia para no hacer ruido inusitada. Fue entonces que lo vio por la espalda:

Grandes hombros, espalda fuerte y musculosa, unas garras pequeñas y las alas encogidas como una capa fina. Cuernos en espiral y toda su piel roja y escamosa. Notó algo raro: detrás de su oreja se albergaba un lápiz. Eso le pareció muy extraño a la cerdita. En un movimiento súbito, el dragón estiró su cuello, y después tomó el lápiz de su oreja y con rapidez apuntó algo frente a él que la pequeña porcina no alcanzaba a distinguir. Carraspeó con potente gravedad, y aspiró profundamente. Entonces, el dragón comenzó a leer poesía.

La puerquita no lograba creer lo que veía: ¡era el dragón quien recitaba con esa voz melodiosa y dócil! Las palabras que expedía le ardían en el pecho, pero ponía atención en esconderse bien del feroz animal para que no la escuchara suspirar; al final, no parecía tan feroz. Muchos días pasó yendo y viniendo del bosque, viendo la rutina del dragón: llorar, escribir, comer frutas del bosque, dormir, y después lo repetía en diferente orden. No parecía tan despiadado como todos decían. Entonces quiso escuchar más de cerca, como otras veces, pero un paso en falso la llevó rodando al fondo de la guarida entre tierra deslizante y ramas secas. Cayó a las espaldas del dragón quien giró con sobresalto y rugió con majestad. El fuego se encendió en su hocico y sus ojos. La cerdita chilló y buscó esconderse detrás de unos libros que el dragón guardaba en una esquina: sabía que no quemaría los preciosos volúmenes… ¿o si?

El dragón, que ya se preparaba para soplar fuego, hizo una cara de disgusto y comenzó a rondar la esquina, bufando.

“¿Qué quiere una cerda conmigo? Es claro que no puedes escapar, y en unos días morirás de hambre. Los dragones podemos pasar días sin dormir”.

Armándose de valor, la cerdita contestó:

“Te escuché llorar”.

El dragón se paralizó por completo, y abrió mucho sus ojos.

“Te escuché suspirar muchas veces, y hablar de tu tristeza, y debo decir que puedo entender algo de tu soledad”.

Dando media vuelta y levantando una polvareda con su cola, habló en tono fuerte

“¿Tú? ¿Un animal de crianza compararse a una bestia como yo? No tienes la más mínima idea de lo que pasa por mi mente. Un dragón vive cientos de años… ustedes, unos cuantos solamente. ¡No puedes decir que me entiendes!” y con furia lanzó una nube de fuego desde su boca hacia el techo de la guarida, las llamas iluminaron la extensa cueva y la cerdita pudo ver en las paredes inscripciones, frases que lo había escuchado decir, pero muchas que jamás le había oído.

“Eres un animal orgulloso dragón, lo sé. Yo no pretendo herir tu orgullo… porque ya está herido”.

El dragón que miraba hacia la entrada de la cueva, bajó su cabeza, y con un gruñido dejó salir una lágrima.

“Vete, pero no regreses cerda. No pretendo dejar que me hieran más, y has ganado tu libertad con tus palabras sinceras. Sabes que no soy una bestia mala, pero te rostizaré la próxima vez que te vea sin pensarlo dos veces”.

La cerdita salió de su escondite, pero en lugar de dirigirse a la salida, fue hacia el dragón, y se recostó con él.

“Me gustan mucho tus letras dragón. Tus palabras. Por favor, antes de irme, lee para mí más de tus poemas”.

El dragón limpió su única lágrima, y de mala manera abrió su cuaderno de piel peluda. Pasó sus duras garras por las páginas, hasta llegar a una cerca del final. Ahí se detuvo y comenzó a leer en voz alta. La cerdita sentía fuego en su corazón, y no entendía por qué. Sabía lo que era el amor, y lo conocía… pero nunca había amado a un dragón. Menos ella, una cerda, que debía estar con otros de su especie. El dragón también sonaba más tranquilo y suave al hablar. La rasposa voz se había ido, para ser reemplazada por un dulce susurro. El dragón leyó y leyó, hasta quedar profundamente dormido. Entonces la cerda escapó, y regresó al siguiente día, muy temprano en la mañana.

“¡Creí haberte dicho que no volvieras a pararte por aquí!” rugió la gigante lagartija, quemando los arbustos al lado de la puerquita.

“Y yo estoy dispuesta a cumplir con mi palabra, pero cuando tú cumplas con la tuya: ayer no terminaste de leerme tus poemas, y quedaste profundamente dormido. Además, deberías sentirte halagado de que me guste escucharte: no parece que tengas mucho público actualmente”.

El dragón bufó, pero al final reveló una pequeña sonrisa, y entró a la cueva, con la cerda siguiendo por detrás. Y pasó toda esa tarde leyendo poemas para ella. Y pasaron así los días, y el dragón en secreto escribía más y más palabras para la cerdita, de tal manera que nunca terminaba de leer los poemas en el día, y la cerdita siempre tenía que regresar. Fue entonces que un día, sucedió lo inesperado:

Al salir de su casa, todos los demás cerditos miraban con extrañeza a nuestra amiga. Primero por su olor, extrañamente similar al de una lagartija. Luego por sus largas horas fuera de casa. Al último, le dijeron que no tenía futuro con los demás cerdos, que no aportaba nada a los demás, y que mejor le valía irse ya del charco de lodo. Fue entonces que la persiguieron hasta sacarla de su hogar, y una lanza atravesó la pierna de la cerdita. Como no tenía lugar a dónde ir más que el bosque, fue con el dragón, como todos los días, y le contó lo sucedido.

El dragón se hinchó de furia, voló sobre el bosque, y encontró la comarca de cerdos. Llegó lanzando fuego, imponente y feroz, asustando con rugidos a los puerquitos hasta acorralarlos en un barranco. Desde ahí, hizo que observaran cómo quemaba hasta convertir en barro sólido el lodo de su estanque. Después, destruyó las casas de los cerdos, de una por una, quienes por temor, se quedaban temblando en la orilla del barranco. Al último se acercó a ellos, los miró con ojos iracundos, y les dijo “más miedo debería yo tenerle a ustedes, pues si hubiera pasado más tiempo sin que hiciera esto, sin duda alguna me habrían ido a buscar al bosque para matarme”. Aspiró profundo, de las comisuras de sus labios salió un fuego verde, extraño de ver hasta para los mismos dragones, y sin contenerse, expulsó la gran llamarada por su boca.

Sintió algo suave en sus labios, y abrió los ojos: era la cerdita, que lo besaba, tragándose todo el fuego. Los demás cerdos gritaron de horror, y el dragón se aterrorizó de si mismo, pues ya no podía detener el incendio que salía desbordante por su boca. Sin embargo, la cerdita no parecía tener ningún daño. Al contrario, besaba con más fuerza al dragón, consumía todo el fuego, que salía en forma de humo por su nariz porcina. En ese momento, el pecho de la cerdita ardió en llamas verdes, pero ella no sufría ningún daño. El dragón, asustado, retrocedió cuando terminó de arrojar su fuego.

“¿Qué sucede? ¿Por qué no has muerto con mi fuego?” preguntó la gigantesca bestia.

“Es porque desde mucho antes, tú ya habías encendido mi corazón querido. Soy inmune a tu fuego, porque ya vive en mí”.

Ambos se tomaron entre brazos, el dragón voló con la cerdita para su guarida en el bosque, en donde la curó de su herida. Los cerdos supieron no meterse en lo que no les correspondía, y después de unos meses, el dragón y la cerda se fueron a otras tierras más desconocidas, para vivir juntos el resto de sus vidas.

Es por esto que en el horóscopo chino, el dragón y el cerdo hacen tan buena pareja.

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