#16: El Ánfora de los Cartógrafos

Solar caminaba por el borde del muelle. Agua rojiza que expulsaba burbujas brillantes y doradas le manchaba los pies descalzos, pero no le importaba mucho. Dio un hondo respiro, con sus manos detrás de su pequeña y joven espalda, tomó dirección hacia la arena aguamarina, aunque para su corta edad, no tenía nada de ninguno de los dos.

Apuró el paso cuando escuchó que se removía el interior de la cabaña de pesca, y con la vista buscó algún punto brillante. Ahí lo encontró: bajo los granos celestes destellaba la luz del sol. “Aquí abuelo, aquí. ¡Encontré brillo de sol!”

Un hombre de barba hasta la cintura, pintura púrpura y roja en su cara a forma de cazador primitivo, salió del edificio afilado y amarillo.

“Ya lo había visto yo Solar. No me engañas, estabas en el muelle reventando burbujas de sol”.

Le dio un pequeño coscorrón en el pelo, que desprendió polvo verde de la tierra sobre la que Solar se recostaba, más adentro de la isla. El viejo se agachó, y separó de su cintura una botella pequeña de cristal, de boca ancha, que estaba cubierta por una película plateada. Le quitó el tapón de oro y corcho, y comenzó a palear con su mano la arena brillante dentro del envase.

“Abuelo” decía Solar, que se puso de rodillas, metiendo su mano en los granos destellantes y tan curiosos. El viejo le dio un manotazo para que soltara el mágico polvo, y con ademán de molestia en su cara, continuó “cuéntame la historia del Ánfora de los Cartógrafos. Otra vez”.

El viejo dio un respiro, mientras colocaba el botellón de vidrio a su lado, enterrado en la arena para que no se fuera a caer. Miró luego a su nieto, y sonrió con ojos perezosos, como quien cede al castigo que le toca vivir, como quien encuentra ironía deliciosa en la muerte que le espera. Se sacudió las manos, y se sentó en la arena junto al chico. Ni una sola nube en el cielo, pero el sol hacía mucho tiempo que ya no quemaba.

“Mucho tiempo atrás, existían cartógrafos. Eran hombres que dibujaban la tierra, y juntaban como rompecabezas las piezas del mundo. Ya no más, pero en aquél entonces, el mundo era un lugar que se podía conocer, que se podía medir y dominar”.

El viejo tomó una rama, y comenzó a dibujar en la arena. Su ceja cargada de color se ceñía.

“Tiempo después de que la muerte azotara la tierra, llegaron los filos de sol” recogió la botella en su mano derecha. Le asestó un golpe con la delgada rama, y brilló por momentos. “Los filos de sol dejaban guardar la luz y convertirla en fuerza, a pesar de ser transparentes y casi idénticos al cristal que la tierra ya tenía. Los humanos comenzaron a crear cosas que les facilitaban la existencia. Nosotros usábamos al filo de sol, pero la naturaleza poco a poco se iba haciendo parte del filo de sol, o el filo de sol parte de ella. Hoy en día ya es lo mismo”.

Se encogió de hombros, viró hacia el pedazo que trabajaba, y siguió metiendo la deslumbrante y diminuta grava en el gran frasco.

“Unos pocos hombres descubrieron que por su naturaleza, también podían fusionarse con los filos de sol. Provocar cambios en sus cuerpos y mentes. Se desató una época de soberbia y lujo como ninguna otra. Un vestigio de esa época, eran a las personas que solían encoger con el poder del filo de sol, y meterlas en un frasco. Tenían almacenes llenos de frascos con cada profesión: bomberos, carpinteros, médicos, artistas… El ser humano tenía miras al espacio, y qué mejor para colonizar un planeta que un arancel lleno de variedad para tu colonia, ¿no?”.

Terminó de meter en el frasco. Se puso de pié tambaleante, y Solar lo ayudó un poco afirmándole las piernas, luego lo siguió.

“Pasaron muchas cosas después, pero para serte sincero, ni sé ni me importa”. El viejo le sostuvo la mirada al sol de la tarde antes de entrar a su cabaña: un astro grande, que daba alimento a bestias, tierra y hombres sanguinarios. Astro que no detuvo la muerte, sólo quemó los cadáveres. Un Dios de caos, irónicamente helado y lejano. “Y los cartógrafos, siguen siendo personas. Les doy arena para que sigan vivos en sus ánforas. Es su alimento ahora. Algún día, cuando cumplan el límite de años por los que los convirtieron en pequeños, saldrán de sus frascos, pero mientras tanto, puedes poner la boca de la botella en tu oído, y si guardas silencio, te dictan los mapas de antes. Los caminos antes de borrarse. La historia de tu tierra”.

Con un suspiro pesado, entró de nuevo a la choza y cerró la puerta hecha de ramas y maderos. Solar se agachó para tomar un puñado de arena. Luego fue al borde del muelle, y la soltó sobre el agua rojiza: fuego. Cenizas. Quedó prendido al sol, que acariciaba sus ojos quedamente. Se dijo a sus adentros:

“Algún día, viajaré por el mundo. Seré cartógrafo”.

Y pasó la tarde hablándole a la tierra.

Palabras de la siguiente semana: Abuelas, Pony, Chupacabra

2014-02-27 07.57.56

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