Beso 1: El Clásico

Me subí al camión. Tenía 16 años y no sabía mucho de la vida, ni de camiones. Los libros me pesaban en la mochila roja, los tubos desgastados y olorosos de la ruta me daban asco y el conductor ni siquiera me miraba a la hora de pagarle. Dudo que me devolviera cambio si no le daba el importe exacto. Me senté a mediación del transporte: no quería parecer conocedor y sentarme hasta atrás, ni verme inocente sentándome cerca del conductor para preguntarle por direcciones. Quedé observando mi boleto, los números en él.

2109053

Si sumaba cada número individualmente, daba en total un 20. El frenado molesto me hizo salir de mis pensamientos para aferrarme con fuerza al asiento de adelante, para no golpearme la frente ni dejar caer mi mochila. Entonces subió ella: Pelo chocolate, y piel de arena. Ojos que brillaban aunque estuviera viendo al vacío. Aunque estuviera buscando su asiento. Aunque con todo el camión vacío, decidiera sentarse justo a mi lado. La veía de reojo, sus leggins celestes, bajo el vestido celeste sencillo que traía puesto, y una chaqueta de mezclilla encima. Me sorprendió viéndola, y sólo miré al otro lado y crucé mis brazos.

– Hola

Me saludó. Mi corazón se me subió a la garganta. Sentía el sudor comenzando a salir por mi frente, y levanté mi mano para limpiarlo. Luego me di cuenta de que se vería mal, así que la bajé otra vez. Pero eso también denotaba inseguridad. Luego la subí otra vez. La bajé. Apreté los ojos y crucé mis brazos. Entonces recordé que no le había contestado. En mi tono más idiota le contesté:

– ¿Yo?

– Sí, tú.

Sonrió. Yo sonreí. Vio el boleto en mi mano, y lo tomó lentamente. Rebotamos por un bache del camión, y luego comenzó:

– Mmmm… te faltó poco para el 21. ¿Qué tal eh? ¿A quién se lo hubieras cambiado?

Me quedé perplejo.

– ¿Qué es un “21”?

Ahora ella quedó perpleja. Hizo un pequeño puchero y miró hacia arriba. Sus manos sobre sus piernas, sosteniendo aún mi boleto. Yo no sé qué estaba haciendo con mis manos, probablemente siendo incómodo.

– Dice una leyenda urbana, que el 21 es un número embustero. Roba de la gente, y los deja con perfección. Cuando la suma de los números de tu boleto dan 21, tienes derecho a robar un beso, perfecto como el 21 que te tocó.

Miré mi boleto en su mano, sumando “20”. Estaba muy sonrojado.

Me sorprendió unas suaves bolsas de algodón en mi boca. Se movían poniéndose duras, luego suaves a momentos. Eran los labios de la chica. Cuando me di cuenta, ella se separó de mi cara. Se puso de pié, tocó el timbre para bajar del camión, y dejó caer dos boletos: sumaban 20 y 21, respectivamente.

Nunca la volví a ver. Nunca me tocó un 21. Nunca olvidé mi primer beso.

Bajé del camión, tenía 16 años, y aún no sabía mucho de la vida… pero en cierta manera, entendí que es posible disfrutar el misterio cuando no puede resolverse.

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