#14: Pequeñas Deidades

Clara tomó el matraz de destilación como la mano de un amante. Pasaba sus días enamorada de sustancias en el laboratorio, y la biología le susurraba fórmulas cerca del cuello. Sabía que tenía que dar los pasos lento, suave, no desesperarse, pero a veces la pasión le ganaba y fantaseaba durante horas: un chimpancé modificado por aquí, un cultivo viral prohibido por allá, y muchas veces coqueteaba con xenotransplantes de partes completas del cuerpo.

Entonces dio con el pote mayor. Miocito.

Nunca prestó tanta atención a los músculos porque le parecían más herramientas para un medio, que un fascinante material para modificar, pero fue por accidente cuando con una sustancia química de su propia hechura logró ver a través del microscopio los miocitos reorganizándose de maneras bellas y complicadas, como con vida propia. Hora de experimentar.

Primero fue a una rata. Le dio a beber el líquido grisáceo, y el cambio fue casi inmediato: podía doblar los alambres que rodeaban su jaula, tenía la fuerza para mantenerse en el techo boca abajo… pero lo que más sorprendió a Clara era que cantaba.

La rata cantaba.

Llevaba a cabo todas sus fechorías a la luz de la luna, cuando nadie la miraba besarse con el peligro, con la excusa de quedarse “más tarde en el trabajo”. Después de dos días, la rata comenzó a tener la fuerza suficiente para romper por completo sus jaulas, así que Clara la mató. Se dio a la tarea de desarrollar trajes de contención, pero durante su embriagante misión reproducía de fondo la música que salía de la rata hace unas horas. La melodía era hipnotizante y seductora, como salida de un cuento de horror.

Al pasar los días, los trajes de contención lograron su cometido: con el movimiento de un botón podía permitir que los animales utilizaran toda su fuerza o que no pudieran levantar ni un vaso. Descubrió también, que podía tranquilizarlos con música mientras estaban enjaulados, y ellos repetían casi de manera perfecta los tonos que escuchaban en las melodías. Como una enferma broma que realizara junto a su amor, les ponía en repetición la Tocata y Fuga de Bach todas las noches, en ánimos de ambientarse a sí misma en un relato tétrico, dentro de una fantástica locura que descarrilara su vida por la muerte y destrucción. El tedio de jugar a Dios le estaba llegando.

Como quien se casa con la pareja perfecta y después ve desfigurada en la unión para siempre, ella reconocía sus delitos contra la vida como un punto sin regreso en su relación con la ciencia, y el estupor del peligro había desaparecido: ya no sostenía la mano de su amante.

Pensó que más animales regresarían la euforia de los primeros experimentos, así que se produjo a sí misma un coro, que le cantaba todos los días. Voces angelicales que salían de hocicos malolientes, dientes filosos y olor a mierda. Para ella era una santísima ironía, la más sucia bendición, y ella misma era Dios, bendiciéndose eternamente en una retorcida masturbación espiritual.

Su final era de esperarse: más animales de los que podía controlar, la melodía sonaba altísimo esa noche y Clara buscaba el éxtasis elevado que le diera el descubrimiento inicial de su avance científico. Las bestias llenas de ira, terror y locura cantaban en consonancia perfecta con Bach. Clara abrió las puertas, para dominar a los animales de la tierra y ponerles nombre. Levantó sus manos al aire, cerró los ojos y se hundió en la melodía. Chimpancés, tigres, koalas, serpientes… toda clase de animales acudían a ella, la rodearon cantando la clásica melodía, y se lanzaron uno por uno a sus pantorrillas, caderas, manos. Le sacaron los ojos, le molieron la cabeza a golpes, bebieron de sus intestinos, y de sus gargantas salía una furiosa sinfonía. Al final Clara supo que la vida era una melodía perfecta y dolorosa, pero ella nunca la cantó.

Y después de morir, rezó. Y escuché.

Palabras de la siguiente semana: Casa, Sueldo, Mariposa.

2014-02-03 13.26.13

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