#10: El Homonimista (Parte 1)

“Sé que se ha de estar preguntando usted el por qué lo traje a este lugar”

Dijo el trémulo viejo. Su traje satinado color chedrón era algo difuso, pero con los segundos, el detalle se hacía notar más; la vista se aclaraba desde la penumbra que había sido su inconsciencia: un escritorio de madera larguísima, dos cortinas azules detrás de la silla giratoria en donde reposaba el anciano, flaco, feo. Lunares grandes en su cara arrugada, falto de cabello en la punta del cráneo y uno que otro brote blanquecino de pelo quebradizo. La puntiaguda nariz no le hacía justicia a la punzante mirada que recaía en él. A los lados, nada más que columnas negras en una pared de mármol, un ostentoso piso ámbar y nada más.

“Verá hombre, que yo me caracterizo por un inusual gusto en los homónimos”.

El decrépito explicaba con cuidado cómo fue a dar con su primer homónimo, sobre las letras y su hermosura, sobre la identidad humana y la raíz del lenguaje, sobre comunicar y confundir, la eterna batalla entre explicarse y revolverse. Hizo una señal con la mano, un tipo de mala cara y traje negro entró con una bandeja de plata cubierta con una tapa redonda.

“¿Tiene hambre usted?” me preguntó el viejo, con una melodía en la última sílaba, como jugando con una mascota. Sí tenía hambre, y no sabía por qué. Por qué tanta hambre…

“Acérquese, que le he preparado una selección del más suculento guiso mexicano, todo en esta bandeja. Vamos, acérquese caballero”.

De pié, avancé lento. Aún recuperando mi motricidad. Frente al plato, noté un delicioso olor. Levanté la tapa a la señal del hombre, que con su cabeza y una sonrisa enorme me asentía para que lo intentara. Al abrir el contenedor, no entendí al principio lo que ví. El viejo aplaudía y daba vueltas en su silla carcajeándose. Bajo la tapa, sobre la bandeja, habían fotografías de guisos mexicanos, todas introducidas de manera forzada en pequeñas camisetas del equipo de fútbol del país.

“¡Una selección de guisos mexicanos!” gritó como para sí mismo, y siguió carcajeándose.

“¡Mejor pruebe este banquete basto!” con su mano señaló hacia el otro lado de la habitación, y otro sirviente, chaparro y moreno, entraba con un carro de platillos. Cuando destapé cada uno, bajo ellos habían naipes, y nada más que naipes para póquer. Me comenzaba a fastidiar, y poco a poco mi agotamiento se cambiaba por furia. Este hombre se lo estaba buscando.

“¡Tenga un sumo de naranjas, es de lo mejor!” Ya ni siquiera me esforcé en destapar el siguiente platillo, antes que un jugo frutal, encontré como lo esperaba, un par de naranjas con ropa miniatura de luchadores de sumo, en una maqueta pequeña de cuadrilátero. Con rabia lo arrojé al aire, y miré enfadado al viejo y su gran lunar en la mejilla. Pareció reconocer mi enojo, pues al acercarme a su escritorio, presionó un enorme botón que me lanzó bajo suelo, a un cuarto obscuro. Con un golpe seco caí, y entre la luz, vi el contorno de su cara asomar. “Supongo que en una soledad así, sólo queda abrasarse” soltó una carcajada, y yo podía ver el brillo en sus ojos desde donde estaba. Comencé a notar un calor debajo de mí: el suelo se iba encendiendo, interminables placas de metal se encendían al rojo vivo. Miraba hacia el hombre, de vuelta al piso, y a él de nuevo.

“Ah, qué va. Te voy a mandar a mi esclava para que te ayude” me dijo. Sentía ya el calor atravesando mis botas, mientras él daba órdenes arriba. “¡Aquí está!”. Cuando miré hacia arriba, una chica en harapos caía justo encima de mi cabeza. Ambos nos levantamos rápido del piso que cada vez se ponía más naranja, y ella se subió en mis botas para no quemar las plantas de sus pies. Ví sus brazos: llenos de pulseras de oro y plata, brillantes, reales. “¡Una esclava con esclavas!” escuché su irritante voz. Mientras yo enfocaba mi vista en el anciano, ella se acercó a mi oreja, tocó mi cuello, y dijo “esternocleidomastoideo”. Sentí un tirón, pero mi cuello que me estaba matando, se sintió bien de pronto. Moví un poco mis piernas, y noté que la suela de mi calzado ya se estaba derritiendo: la goma se quedaba pegada al piso, el agujero encima de nosotros se cerraba, y la risa del hombre era lo único que podía escuchar…

Voy atrasado 2 semanas… lo sé. Me pondré al corriente, no se preocupen.

Palabras de la próxima semana:  Chicharito, Ente, Prisma.

2013-12-18 10.21.30

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