#8: Banzai

Pelotón Banzai nana. Segundos en ser despachados al campo de batalla fascista. Primeros en llegar, claro, sobre los cuerpos de sus compatriotas. División disidente de la infantería japonesa, buscando detener a Italia –sus propios aliados-, ignorados por los libros de historia. Los cinco soldados caen detrás de una casa abandonada en las calles vacías de la polvosa ciudad, y cortan sus paracaídas con los cuchillos de batalla que cargan. Se esparcen. Se dan señales. Aseguran sus posiciones. Comen. Duermen. Vigilan.

Tres días pasan, avanzan en el campo pisándole los talones al enemigo, pero Daigo se queda detrás: no ha podido quitarle la vista a un piano de ébano. Aguarda a que su pelotón esté fuera de alcance, y se acerca. Acaricia el marfil como a un amante perdido hace ya mucho tiempo. Se hinca frente a las teclas, y huele la superficie brillante de hueso, la madera expandida por la humedad, aprieta los lados del aparato musical. Presiona una de las teclas, y escapa el sonido en un enjambre furioso que se eleva en el edificio y trasgrede a lo circundante. Los italianos se detienen en seco. El líder de Banzai Nana contacta en el radio a su pelotón, utilizando la clave swahili que habían creado.

“Rafikis, anunciar posición”

“Rafiki ichi, presente bajo el escombro del edificio blanco”

“Rafiki ni, en el tejado del edificio rojo a la derecha”

“…”

“Rafiki shi, desde la ventana izquierda del patio en el noreste”

“¿Dónde está rafiki san?”

“Rafiki san, sarabi san”

El líder del equipo miró a su alrededor desesperadamente. ¿Sarabi? Sabía que los espejismos sólo se acostumbraban crearse en momentos de emergencia, y ni siquiera habían hecho contacto con el enemigo

“Rafiki san, permiso para convertirse a sarabi san denegado. Únete al pelotón ahora. ¿Dónde estás?”

“Sarabi san, tocando un piano”

Un fuerte azote distrajo al líder. Sus ojos rasgados y facciones duras lo diferenciaban de sus otros cuatro miembros de pelotón, que mostraban ojos más abiertos y caras más jóvenes. Su quijada apretada se dirigió al punto de alarma: otros tres pelotones italianos se devolvían: siete soldados cada pelotón. Iban peinando la calle.

“Simba a rafiki ichi, ni y shi. San es pumba”.

“¿Pumba?… Señor, no esperará que…”

“Repito: Pumba san. Ni, eres sarabi. Usa el tejado como punto de ventaja contra Mufasa”.

“Sí señor”.

Simba se escondió bajo el dintel de la ventana, escuchó a los soldados pasar justo afuera de su edificio. Cuando sus ojos vieron la manija de la puerta girar, se puso de pie para subir las escaleras ya destruidas lo más rápido posible. Fue cuando escuchó el sonido del piano de nuevo. La puerta a medio abrir volvió a su lugar lentamente.

Daigo, o pumba san, apretaba bajo sus yemas cada uno de los mágicos rectángulos, y la música salía de ellos. Volaba como granadas, explotando en los oídos de los italianos. Las notas dulces penetraban cada fibra del cuerpo de sus enemigos, que sentían sangrar inspiración, y tristeza. Daigo tocaba muy bien. Él nunca quiso la guerra, es por eso que se unió a los Banzai. Quiso detener la sangre, que ya no brotara, que ya no le doliera su país, porque se sentía pequeño e inservible desde su hogar nipón. No sabía que a veces hay que dejar que la herida sangre, hasta que coagule sola.

Rafiki ichi lloraba, mientras apretaba su arma muy fuerte. Rafiki ni miraba a los italianos avanzar desde encima, y no podía hacer más que preparar su tiro para cuando la música se detuviera: no quería disparar antes e interrumpir a Daigo en lo que posiblemente sería su último momento ameno. Rafiki shi temblaba de miedo, el sonido del piano era un crescendo para su imperante muerte, o eso creía él. Simba salió a la calle, a la vista de todos: sólo podía observar las espaldas de los tres pelotones, que avanzaban atraídos inevitablemente hacia la música. Cerró los ojos y escuchó.

Una veintena de soldados rodeaban a Daigo. Lo escuchaban tocar, pero le apuntaban con sus armas. Él conocía la naturaleza de la guerra, de ser enemigos: al golpear la última nota, lo llenarían de hoyos y moriría acribillado sin esperanza. Pero no pudo parar. No pudo dejar ese piano sólo, en el vacío, en la muerte, sin música. No podía pasar sin crear. Terminó su melodía, y en el último minuto susurró “Banzai”. Abrió los brazos para dar las gracias cual director recibiendo ovaciones, y debajo de su axila cayó una granada que estuvo deteniendo todo el tiempo que tocaba. La explosión mató a todos los italianos que no supieron que sucedió, ni por qué no habían tenido oportunidad de matar a ese japonés loco que descubría su locación tocando un piano.

Ese día, el pelotón Banzai Nana no avanzó más. Se retiraron a sus hogares, desertando con doble traición a la nación: levantarse en contra del Eje, y retirar el pelotón Banzai Nana sin razón aparente. Cuando Simba llegó a su humilde departamento en Akihabara unos días después, produjo el vinil nuevo que había adquirido ese mismo día. En la portada se mostraba la foto de un apuesto joven con manos firmes de traje azul, leía “Asaka Daigo, Celebridad Prodigiosa”. Al sonido de la música lloró amargamente, mientras se reprochaba una y otra vez al ritmo de cada nota “Banzai, banzai, banzai…”

Palabras de la siguiente semana: Gatos, Pantalones, Cama

2013-12-12 14.13.16

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