#7: Semillas del Odio

Una fresca mañana fue en la que Ramiro se levantó y extendió sus firmes y sombrías alas. “Buitrísimos días” murmuró a sus adentros, mientras desperezaba y recibía la luz tibia del sol por la ventana. “Hoy no me doy. No me doy porque no, nomás no”. Hablaba de la sumisión. Darse por vencido ante las abusivas águilas de su escuela.

Se paró en el borde de su vitral, y montándose la mochila en la espalda, limpiando bien sus tenis y sin olvidar las semillas que mamá le había dejado preparadas, emprendió el vuelo. Cayó como acostumbraba, en picada hacia el jardín, para tomar velocidad y planear en el último momento logrando altura. A la mayoría de las aves no les gustaba subir tanto, porque el viento corría más fuerte allá arriba, además de que hacía más frío… pero a Ramiro no le daba mucha importancia: la vista no se comparaba con nada.

Los cientos de plumíferos que avanzaban  podían reflejar miles de rayos de luz sobre sus alas, adornaban las nubes de tonos multicolor, y Ramiro extasiado sonreía por tener la oportunidad de ver semejante situación. Siguió sonriendo hasta unos cuantos minutos antes de entrar a su salón de clase, cuando trotaba por los pasillos de su escuela, despreocupado, buscando la máquina de refrescos.

Fue entonces que le salieron al encuentro tres aguiluchos.

“¿A dónde idiota?”

Le cortaron el camino, y Ramiro se detuvo en seco mientras lo rodeaban. Sudor frío.

“Responde” le tanteó uno, mientras lo empujaba del hombro, haciéndolo perder equilibrio. Ramiro aprovechó el momento para dar media vuelta y arrancarse a correr lo más rápido que pudo, pero otro de los pájaros lo pescó de la mochila, y lo tiró al suelo. Rieron de él, pero todos los demás que pasaban por el pasillo se alejaban, o se congelaban sin saber qué hacer: nadie se metía con los aguileños.

Una patada en la cara. A Ramiro le ardía todo: los puños con ira, la mejilla con dolor, los ojos con esos colores de la mañana, los oídos con sus risas idióticas. La memoria, con los golpes que ya le habían dado en el pasado durante años.

“Nadie se va a detener para ayudarte imbécil, así que saca tu lonche, que tenemos prisa”.

Ramiro se levantó, y rebuscó en su mochila las semillas del tamaño de su mano. Su sangre en llamas.

“Quieren mi lonche…” susurró en voz baja. Los aguileños se prepararon para el obvio golpe desesperado.

“AQUÍ ESTÁ MI LONCHE” y lo que no esperaron sucedió: El pequeño pájaro negro le sacó uno de los ojos a un aguileño con su pico. En el suelo, taladró su otro ojo hasta volverlo tiras de carne, y con sus dos manos encajó las semillas gigantes de girasol en las cuencas. En su mente, las otras dos aves se preguntaban si su compinche se merecía esto o no. Jamás pensaron que no fuera a usar sus puños, como si por un momento se olvidaran de que eran aves.

Lo que siguió es obvio: un juicio, Ramiro hallado culpable y la gravedad del delito calificándolo para entrar de lleno a la penitenciaría adulta. Durante semanas, dentro de su fría celda, podía percibir en él los brotes de un nuevo ser, era un pajarraco nacido de nuevo, una semilla esperando florecer en cientos de dagas que atravesarían a quien fuera avatar del abuso y el desorden. La sangre recta que corría como tren sus venas se sentía más afilada cada vez, pues era ese odio, muy dentro, lo que ponía en sus manos la justicia para clavar su pico en los ojos de cualquier transgresor de la paz. Fue así que su aguda mente lo llevó a escapar unos meses después de la prisión, y se convirtió en vigilante nocturno, el guardián de los colores: El Buitre Justiciero.

Mil disculpas por la tardanza. Acabo de ser contratado en un nuevo trabajo, y me destanteó el horario. Ahora mismo estoy en la oficina. En la noche, pondré las 3 palabras del próximo martes.

Las palabras de la próxima semana: Celebridad, Mufasa, Banzai

2013-12-09 19.23.51

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