#4: Fiderro

Todo comenzó una tarde, cuando mi mamá hizo sopa de fideos. Jamás me han gustado, pero ese día en especial me sentía como un rebelde poderoso, justo me acababan de comprar un videojuego en el que derrotaba con mi espada a cuanto enemigo se me pusiera en frente. Heróicamente tomé mi asiento en la mesa, y le dije a mi mamá “Hoy no como”.

“¿Cómo que no comes?”

“Hoy no como. Ya dije”.

Mi madre, con su mantel puesto, todavía sirviendo el puré de papa en los platos y la carnita en salsa verde, detuvo un instante la comida frente a ella y con la cuchara en la otra mano, se convirtió en una tetera que aspiraba furiosamente vapor.

“Te lo comes porque te lo comes desgraciado. No me la pasé una hora preparándote de comer para que me lo dejes ahí todo”.

Comenzó una álgida discusión en la que nos lanzábamos como pelota de ping pong dimes y diretes, abogando por nuestras muy justificadas ponencias: ella por su cuidadosamente preparada comida. Yo por mi recientemente ganada confianza. Y como todas las discusiones con una mamá terminan, ella tuvo la última palabra.

“Si serás terco… En ese caso, no vas a tener nada más de comer en esta casa hasta que te comas tus fideos. Puede llegar la noche, y te los voy a calentar. Y luego mañana, y así hasta que te los comas”.

Y así lo hizo. Comí todo menos los fideos, y todos los platos fueron al fregadero menos el mio. Cuando subí a mi habitación, escuché los pasos de mamá detrás de mí. Entró al cuarto y colocó sobre mi escritorio el tazón con fideos, y una cuchara dentro. Suspiré mientras ella salía y cerré la puerta. Hice caso omiso al tazón de comida que había en mi cuarto, más por distracción que orgullo, y fue entonces, cerca de las once de la noche, que escuché un ruido detrás de mí. Lo ignoré. El aire, mi imaginación, cualquier cosa. Otro sonido. Seguramente -un estrepitoso ruido me hizo voltear de inmediato-.

El tazón estaba en el piso.

Me puse de pié rápidamente, sabía que cuando mamá entrara al cuarto me iba a matar, jamás me creería que el tazón se cayó solo. A buen tiempo comenzó a suceder algo peculiar: los pedazos de cerámica se movieron. Con pequeños empujoncitos fueron desplazados unos cuantos centímetros lejos del fideo. Y lo que aconteció después jamás lo hubiera creído: los fideos mismos se movieron, y formaron una bola. De esta, salieron cientos de diminutas pastas que servían como patas y que fueron acercando a la cosa a mi pierna. Se abrió un orificio y, en contra de todo lo que creí posible, ladró.

Ladró. Como un perro. Movió su cola. Brincoteó en su lugar.

Escéptico como lo podía ser a los nueve años, me abajé para tocarlo. Acaricié el mojado pelaje, que me dejó la mano oliendo a sopa, y en un arrebato de emoción me saltó encima del pecho, tirándome al suelo y lamiendo con juguetona rapidez mi cara, como si le apurara que yo recibiera su cariño. Comencé a reír, y me puse de pié para intentar enseñarle unos cuantos trucos: recordemos que a los nueve años, la maravilla vence a la lógica en cualquier situación.

Después de unos cuantos minutos, salí del cuarto, y mi “fiderro”, como lo llamé, me seguía moviendo su acuosa cola, haciendo splish y splash en cada paso de sus mojadas patitas. Limpiar iba a ser una lata, pero me ocuparía luego de todo eso. Abajo en la cocina, la bolita de sopa y yo jugábamos a atrapar la cuchara y traerla de regreso, a sentarse, dar vueltas y dar la patita, a traer las chanclas frente a mis pies, y súbito comenzó a ladrar. Por más que quise callarlo, en realidad no importó después de unos segundos, pues me di cuenta de que la razón de sus ladridos era la ominosa vista de mi madre, justo detrás de mí.

“¿Qué estas haciendo huerco ingrato?” dijo en el más irritado tono que las mamás pueden tener “¿tienes la más mínima idea de qué hora es?”

Me quedé congelado. El fiderro ladraba sin parar. Mi mamá dirigió su mirada hacia el platillo canino, y me preguntó “¿son tus fideos?”

“Sí”.

“Pues te los comes”.

Yo me quedé pasmado. No sé si mi mamá sabía lo que estaba diciendo en ese momento, o si días después pensó que sólo había sido un sueño bizarro, pero detrás de su mascarilla de pepino yo sentía el ardiente fuego de sus ojos verdugos. Todo fue muy extraño y rápido. Tomé a fiderro entre mis manos, y le dije “lo siento bonito. Mamá es mamá”. Le dí una mordida, y lloró como loco. Mamá decía “todo, no quiero que dejes nada, ya no quiero andar lavando platos”, y yo devoraba sus orejitas, la cola, las patitas una por una. Al terminar derramé dos pequeñas lágrimas, aunque debo admitir que estuvo delicioso, como todo lo que mi mamá cocina. “Ahora te me vas a tu cuarto, que tienes escuela mañana. ¿Me entendiste?”. “Sí mamá”.

Hoy es día que mi esposa no entiende y se ríe cada vez que les digo a mis niños que se acaben su plato de comida, antes de que se “encariñen” con ella. A veces pienso cuál habría sido la reacción de mi mamá si todo esto hubiera acontecido en el día en vez de la noche… la verdad, no creo que fuera tan diferente: mamá no nos dejaba tener mascotas tampoco.

Palabras de la siguiente semana: Tanque de Vacío, Carne, Rana

2013-11-12 23.34.20

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