#3: Grilletes Familiares

Sucedió un sábado. Yo era pequeño, por allá de 1992, y me pasaba algunas veces de la escuela a la casa del abuelo. Ese día entré y lo ví agitado, cargando unas cadenas, moviéndolas por todo el lugar, tintineando como un cachorrito que no se da cuenta cuando tiene un cascabel en el cuello. Mi abuela sentada en el sillón, con la pierna cruzada sobre la otra, atendiendo el teléfono y describiendo los padecimientos vitales de mi abuelo. Él se dió cuenta de que yo había llegado, y se acercó a mí. Me dijo “Hola Gustavito. ¿Cómo te fue en la escuela?”

-Abuelo, ¿por qué cargas las cadenas?

-No recuerdo hijo. Y verás que no puedo dejar de cargarlas… nomás no se van, ¿tú crees?

Yo sonreí. El viejo solía ser muy juguetón.

-Ya abuelo, en serio.

El anciano respiró hondo y me vio a la cara con esa mirada mágica que a veces me regalaba. Y me llamó “ven”, como un fauno que toca su flauta en las profundidades del bosque.

Allá en la banqueta se paró, con los pies muy separados, como sentándose en el aire. Me miró encima de su bigote blanco, y sonriendo arqueó sus cejas como diciendo ahora verás a qué me refiero. Arrojó con fuerza las cadenas lejos de él, y la bola ondulante de metal doblado salió despedida por los aires, pero se detuvo en medio de la calle cuando se hubiese extendido toda y cayó al suelo. Un extremo quedaba justo en medio de la hondonada en el concreto que habían dejado los años de llantas rodantes… el otro extremo colgaba de su mano abierta. La punta de la cadena pegada mágicamente a su palma extendida, como un gusano que besa una hoja de árbol floreciente.

-¡Abuelo!

-Shhhh…

Me calló mientras la metálica cuerda regresaba como por hechizería a su mano, y se enredaba alrededor de ella. No había ningún cordón, ningún truco. Nada. Entonces susurré muy quedo:

– ¿Cómo lo hiciste abuelo?

Me mostró todos sus dientes traviesamente, y me dijo Luego te diré. Espera la respuesta.

Días después mis papás me explicaron lo que significaba “Alzheimer”. Me platicaron de cómo la abuela se dió cuenta de que ya muy poco recordaba cosas, aunque tenía sus ratos lúcidos. Durante dos años seguimos visitando a mi abuelo que cada vez se veía más como un vagabundo, hasta el día en que falleció. En contra de lo que todos me aconsejaban, yo le preguntaba sobre la cadena. Él tenía la vista perdida, como si estuviera flotando en medio de un estanque hondo… pero cuando nadie lo observaba, volteaba a mirarme fijo, y con una sonrisita me recordaba “Luego te diré. Espera la respuesta”, y guiñaba el ojo.

Hasta la fecha, nunca supe cómo lo hizo, pero siempre que paso cerca de cadenas, he descubierto que tiemblan como si yo fuera una suerte de imán. Y entonces recuerdo a mi abuelo, y sonrío.

Palabras de la próxima semana: Pasta, Mascota, Huarache

Pasta, Huarache, Mascota

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