#2: El Lobo y el Tejón

Lo ingresaron corriendo al quirófano. «El paciente trae un PSP, evacúen y traigan al anestesiólogo». Ramón vio con sus ojos medio nublados, y su consciencia medio pastosa: lo traían en una camilla, amarrado con correas de cuero, y aluzado con gigantescos reflectores. «Caso grave de PSP doctor, muy grave» le decía un hombre a otro, ambos con mascarillas y batas aguamarina. Ramón sintió que le tocaban el hombro derecho, y giró su cabeza «¿me escucha usted claramente ahora?». Con una facción estupefacta, contestó en balbuceos «sí». El enfermero parecía mirarlo con urgencia, después a los demás médicos, al suelo, al techo, a todos lados, y regresaba a la cara de Ramón. «¿Accedió usted a esta intervención? ¿Dio usted fe de querer que le extirpen su PSP?». En ese momento nuestro Ramón supo que no estaba en un sueño bizarro, si no que estaba vivito y coleando, y muy bien podría dejar de colear en los siguientes segundos.

«No no, espéreme señor, no me meta cuchillo. ¿Qué es un PSP?». El enfermero abrió mucho los ojos mientras movía la cabeza. Por lo visto era grave que Ramón no supiera el significado de las letras, y su alarma se notó en cómo le temblaban las manos al dirigirse a los demás médicos, para explicarles que el paciente no conocía el PSP. El cirujano que tenía lentes exhaló profundamente cerrando los ojos, deteniendo el bisturí sobre Ramón mientras pensaba. El otro aventó la mesa de utensilios, armando un alboroto en el piso, rascando sus pocos cabellos con los guantes de látex aún puestos y paseándose por la sala. El de ojos cerrados dijo susurrante, entre las majaderías del de poco pelo “no hay tiempo. Procedemos”. Y el enfermero puso la mascarilla al agitado Ramón, que se preguntaba aún, qué significaban esas tres letras.

Despertó en una cama de hospital. La luz de la mañana entraba por la ventana, y frente a él, los dos médicos de aquella sala. El de cabellera abundante y anteojos profundos se encontraba cruzado de brazos, con una expresión triste; el de calva y nariz gruñona miraba hacia la ventana, dando la espalda a la cama. «Señor Rojas…» dijo sorprendido el de lentes, que se ponía de pié, a la vez que el otro daba una vuelta con las cejas muy levantadas. «Se siente usted… ¿bien?». Ramón observó detenidamente las caras de ambos hombres: cansadas, arrugadas, preocupadas. «Pos sí» dijo Ramón con ingenua sinceridad. Al ver cómo los semblantes de ambos médicos se desfiguraban no supo qué sentir. El narizón cayó de rodillas a la cama, llorando amargamente; el cabelludo también derramó lágrimas, pero se acercó resignado a Ramón, y le contó de manera corta y rápida que no podía soportar en su conciencia lo que le había hecho. Mencionó muchas veces el PSP, y ni una sola vez le permitió al confundido señor Rojas aclarar su acróstica duda. Dejó el cuarto apresuradamente, luego se enteró Ramón de que ese mismo día había presentado su renuncia al hospital, mudándose a otro país. Antes de que el gruñón saliera, Ramón le gritó «Por favor, hombre, dígame qué…» «¿Qué es el PSP?» contestó el hombre de bata. Se rió mientras dejaba colgar su cabeza hacia el piso, y con una risa vacía, volvió la mirada al paciente. «Se lo voy a decir con una metáfora», explicó.

Un lobo y un tejón viven en el bosque. Ambos viven en la misma madriguera. Digamos que se quema el bosque, y el tejón sube al árbol más alto, que está en fuego. El lobo muerde un montón de tierra, muere, y cae al río que se lleva su cadáver hacia el mar. El tejón se pregunta entonces «¿a dónde fue el lobo? ¿a dónde fue el lobo?». Después de preguntar muchas veces, el tejón muere calcinado, y la flama que lo consumió sigue repitiendo la pregunta «¿a dónde fue el lobo?» hasta extinguirse en las cenizas.

Terminó su relato con una sonrisa amplia, y lentamente levantó su mano para hacerle una seña obscena a Ramón. Acto seguido, abandonó la habitación, azotando la puerta, y días más tarde se suicidó. Ramón se sintió desorientado, y pasó mucho tiempo en el hospital, mirando a la ventana, diciéndose a sí mismo que lo que oyó parecía más fábula que metáfora, y que no la entendía. Pensaba si el saber qué era un PSP sería peor que la culpa provocada por no saberlo. Después de unos años, se perdonó a sí mismo por no saber, y cuando murió, se fue con una sonrisa en el rostro, parecida a la de un lobo.

Palabras de la próxima semana: Vagabundo, Abuelos, Cadena

Vagabundo, Abuelos, Cadena

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