#1: Zapatópata

La cinta se reprodujo. Mostraba los pies mutilados de un hombre en calzoncillos, atado a una silla en camisa a cuadros verdes. Mediana edad, lentes gigantescos, poco pelo. El detective se sentó, puso sus pies en la mesa, y se ajustó los calcetines despreocupadamente. «Habla para que te escuchen. Para que vean el asco que das». La voz femenina y burlona de la cinta le hablaba al torturado, quien con muecas de dolor y lágrimas en los ojos, negaba con la cabeza querer confesar lo que fuera que hirviera en sus entrañas. «¡Habla!» tembló por el grito, y el detective tembló un poco también. Carraspeó su garganta como para recordarse a sí mismo que no se encontraba dentro de la grabación, y cruzó sus manos sobre el pecho, poniéndose cómodo. «Bueno, hablaré de to-todo. Desde el principio, aunque no haya mucho q-que decir —El hombre tragó saliva, y cerraba los ojos en evidente dolor— fue algo como…»

Como quince años atrás. No lo llamaría retifismo, pero sí un odio desordenado. Nunca fue excitación, más bien, emoción y euforia, una descontrolada alegría en el daño extremo. Yo era banquero, las horas infinitas de conteo monetario me dieron buen delirio ya pasado un rato, y caminando desde el banco hasta mi casa en uno de esos días largos, encontré un mocasín en medio de la calle. Un zapato solitario. Lo tomé y lo llevé a la casa, en donde por simple estrés laboral comenzó la tortura que se hizo cosa de todos los días: clavos, gritos furiosos, cubetas de agua, mecheros, tijeras… todo lo que destruyera al zapato me hacía feliz. Los días se hicieron semanas, las semanas, meses; está de más el mencionar que perdí trabajo y amistades por mi culposa afición. Conseguía zapatos de la basura, luego usados, hasta comprarlos con la específica intención de masacrarlos. Grababa mis sesiones de mortificación y las subía a la red, donde otros enfermos como yo financiaban mi trabajo impetuosamente. Al final, la dueña de una tienda de calzado me descubrió, y tomó represalias. Aquí estoy ahora. Nunca quise poseer ni un zapato por décadas, a todos los desollé; no me da vergüenza decir que detesto las suelas, el empeine, cada parte de…

El video se interrumpió. Qué enfermo se está tornando este mundo, reflexionó el detective ante el ruido blanco, mientras asía su pluma y firmaba finalmente los papeles que daban luz verde a la investigación. Tomó los restos del café que había estado bebiendo, y antes de salir los colocó educadamente en el lujoso cesto de piel de bebé humano.

Palabras de la próxima semana: Metáfora, Hospital, PSP

Hospital, PSP, Metáfora

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