Permanencia Voluntaria

Hace días tuve la oportunidad de darme una vuelta por el parque en el que jugaba de niño, y ví cómo hay cosas que no cambian nunca. No sólo en el sentido poético en el que siempre se usa, para describir formas de ser de personas, o la manera en que algo sigue sucediendo de la misma manera, sino más bien, cuando algo realmente no cambia. No se mueve. Es una piedra que está en ese parque: cuando yo tenía 6 años, junto con mis primos, nos subíamos en esa piedra -parecida a un cuadro de banqueta que no se terminó de construír nunca- e intentábamos estar todos juntos encima de ella, sin caernos. Claro, pocas veces lo lográbamos, nos reíamos al caer y una que otra ocasión regresamos llorando a la casa de la abuela por una rodilla raspada… y ahora, me subí a ella de nuevo. Mis dos pies la llenaban completamente.

Y alrededor de la piedra habían muchas cosas nuevas: un camino de concreto que se construyó en el centro del parque, las bancas nuevas que se instalaron, un farol de 3 metros, nuevas plantas, recarpeteado de pavimento… pero la piedra sigue ahí. No la cambiaron, ni la removieron, ni la picaron para destruirla. Simplemente sigue ahí.

Creo que lo que intento decir, es que el sentido de trascendencia se le escapa a mi vida. Con tantas cosas que se pueden deshechar, dejo de creer en la existencia de permanentes. Me pongo a pensar en las pirámides de Egipto, en la torre Eiffel, en la Muralla China. Cosas que eran más grandes que un hombre, y no me refiero al tamaño, sino a la permanencia. A la marca en el mundo. Tal vez era bueno el dejar ciertas cosas existir, no todo estorba, y el lugar que ocupa podría ser el lugar de la permanencia. Ya no es fácil dejar tu huella y marcar el mundo y ser reconocido; hay tanta información, que empuja a la sabiduría fuera de las prioridades. Al escribir, ¿qué tan cerca estoy de crear algo duradero, eterno, lóngevo?

Supongo que habría de enfocarme en crear una pequeña piedra, que se quede por siempre, aunque yo ya no esté. Un mundo que se aferre a las vidas de quien toque, como esa piedra está anclada a mis memorias, mi pequeña pirámide de Egipto. Mi torre Eiffel personal. Sin pensar en mi permanencia personal, sino en la permanencia de mi humanidad, en la de todos.

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